sábado, 11 de abril de 2020

Adenovirus: Día20


No voy a hacer una crónica porque este es mi día 20 de adenovirus y no conté nada de nada antes. Entonces más que crónica, es una historia de unos días en un día.
Cuando todes están preocupados por el coronavirus, yo estoy enferma de adenovirus.  Suena parecido pero nada que ver.  Se ve parecido pero tampoco lo es. Es una forma de conjuntivitis que te puede agarrar un poquito o un montón. Es claro que a mi me agarró un montón. 
Casi todo el mundo tiene claro y me lo hace saber que tiene que ver con el estado anímico, la época, el encierro, la gente de alrededor que veo y que no veo. Me dicen que no quiero ver, que quiero ver mucho, que extraño ver, que es enojo contenido por ver o dejar de ver, que que sé yo.
Estoy segurísima que los motivos de mi virus son todo lo que me dicen y que tengo que meditar, hacer reiki, taichi, yoga, psicólogo y todo lo que haya en el mundo que armonice mis defensas.
Pero más allá de eso, hay una cosa que es así y es que hay que pasarlo.
Paso mis días de diferente manera. Ahora puedo leer y escribir un poco mas. Los primeros quince no lo podía hacer más de diez minutos. Otros días se me inflamó la cara en mi lado derecho como si tuviera una muela inflamada. Y me dolía enormemente. Tuve días que no podía descansar bien porque no podía apoyar la cara en la almohada. Uso lentes negros, cosa que no hago habitualmente. Soy igual a mi vieja con los lentes negros. Me impacta un poquito. Tengo que ponerme gotitas cada 4 horas y lágrimas constantemente. Tengo que cuidarme con lo que uso en la casa. Y si me toco el ojo lavarme las manos. Y tengo una constante sensación de inflamación en la cara. El ojo izquierdo esta enfermo también pero leve.  
Me cambió el humor esta conjunción de adenovirus y encierro. Estoy irascible y molesta. No me gusta casi nada. No tengo paciencia, una de mis características más agradables. No veo nada de ficción y pienso todo el tiempo en todo. Llamando todo a absolutamente todo. No estoy afectiva ni cariñosa ni amorosa ni sonriente. Soy como la versión más molesta de todas mis versiones geminianas.
Esta semana había empezado a estar mejor pero anteayer arranqué el día con el ojo inflamado y luego de la siesta que trato de dormir religiosamente, veo que tengo algo mutante adentro del ojo. Asustada (y ya algo cansada) me fui al médico. El Centro de Ojos estaba casi vacío. Me atienden y una doctora me explica que el ojo está luchando contra el virus y desarrolló una membrana adentro del ojo. Lentamente, me la sacó. Y me fui, sin membrana mutante a cuestas.
No mejoré demasiado ni el ojo ni mi humor, ni creo que este texto lo mejore.
Tendré que buscar que me mejora para que se vaya el virus y cuidarme quedándome en casa para no agarrarme el otro. O sea, seguir el letargo y dejar de pensarlo como letargo para poder curarme el ojo y del humor.
Vivimos todes un momento muy sorprendente. Vivimos encerrados. Lo que me pasa no es demasiado grave la verdad. Lo que nos pasa parecería que sí. Es extraño lidiar con un virus previniendo para no contraer otro virus. 
Y ahora me voy, que me tengo que poner las gotas.





jueves, 19 de septiembre de 2019

El cerco



Nunca me gustó la autopista Buenos Aires-La Plata. No sé bien porque. Tan vez es ese asfalto tan irregular, o las curvas tan amplias, o tal vez la sensación que podría llegar al mar pero falta mucho. Entonces siempre que la transito recuerdo esa insatisfacción.
Si faltaba algo para no gustarme es que vi el cerco. Probablemente haya estado hace mucho pero me habrá encontrado distraída o insensible.
La cosa es que sobre la mano derecha se presentó frente a mí un terrible cerco que funciona de aislante para la villa que se despliega sobre el costado derecho. No se bien la localidad ni la ubicación, solo sé que eran unos cuantos metros de una gran estructura metálica con redes cual gigantes mediasombras que evitan algo. Dividen algo. Le dicen al quien vive del lado de la villa que vive del lado de la villa y que es tan distintx al resto de la sociedad que necesita de una mediasombra con vigas metálicas para ser. O no ser. O no hacer. Me pareció terrible.
Y tal vez tiren piedras o se crucen para que parar los autos.
Y de alguna manera se entiende o creemos entenderlo.
Sin embargo pienso que es una solución horrible. Tan horrible como la imagen de ruptura que me produjo verlo. Ruptura cultural, económica, social, humana.
¿Qué puede sentir quien en la villa ve que su límite con la saciedad es un cerco? ¿cómo puede ser que así pretendamos que vivan como nosotrxs creemos que hay que vivir?
Creo imposible que esa solución sea solución.
Creo que es un espanto.
Ahí me quedé y no saqué foto. Y tampoco encuentro registro en el gran mundo de internet.
Un espanto sin registro.
Un espantoso cerco.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Adoquines


Que no haya subtes no necesariamente es una mala situación.
Desde San Telmo a Once se camina bien. La ciudad muestra la belleza del movimiento. Miles de personas que se cruzan y ni se miran. La exacerbación del individualismo. Cuánta gente que se cruza de frente en su mirada y no pasa nada. Cuanta gente que no es nadie en la vida de nadie.
Las miradas se cruzan e imaginamos la posibilidad de que algo debería pasar porque si hay un cruce de miradas, hay intenciones. Pero esas intenciones no se comparten a pesar del frente a frente de los ojos. Esas intenciones tampoco son parecidas. Se reprimen las intensiones.
Por suerte, lo que corre ese cruzamiento de miradas son los adoquines.
Las calles por Defensa están llenas de piedras que tropiezan pies pero que le dan una pincelada de antaño, una cultura colonial que contrasta con la miradas y las camisas de empleadxs que caminan pegando miradas a sus celulares.
Y bancos. Iglesias. Organismos públicos. Y la Plaza de Mayo.
Una plaza que tiene tantas miradas como pulso histórico. Sin valor consciente, el hecho de pisarla produce la sensación de acción y de historia ajena. De balcones, de luces, de pasado y de futuro.
Caminarla, según el momento y el motivo, la carga de contenido, de valor social, económico y político.
Los adoquines quedaron atrás y la ancha Avenida de Mayo es la extremidad de esa plaza, que es cuerpo y alma de muchos mas que menos y de muchos ojalá.
La avenida, recta, sólo se ve desorganizada cuando el Congreso se para de frente para generar una diagonal derecha, que la encamina finalmente a ser eterna.
Varias cuadras después te recibe Once, uno de los centros de confluencia de transporte. Nada se parece a San Telmo y a sus adoquines. También aquí miles de personas se cruzan y no se miran. Y cuando se miran, esconden la intención y bajan la mirada para no pensar en intensiones.
Ropa. Negocios. Vendedores ambulantes. Monumentos. Y la Estación.
De tanto San Telmo en adoquines llegas a Once vestido con ropa de oferta.
Que no haya subtes no necesariamente es una mala situación.
Es una mirada. Es una intención.

sábado, 24 de agosto de 2019

De Transformaciones, Axolotl y Cortázar



No se si alguna vez leíste el cuento Axoltl de Julio Cortázar. Si no lo hiciste y te interesan historias de hombres y peces te invito a hacerlo. También podes leerlo porque solo en algunos párrafos el autor convierte muy naturalmente a un ser en otro distinto Y lo hace muy bien.
Te puedo asegurar que es bastante menos oscuro que Kafka, pero aborda la transformación como el resultado del deseo. Y no desde el deseo consciente, sino del que está y que por ahí ni se ve. Piensa al deseo como respuesta a una necesidad auto observada que busca resolverse y que encuentra la respuesta libremente, sin un mandato de ser.
El protagonista va descubriendo los peces con admiración, se va identificando y va creyendo que todo aquello de su identidad que le generaba inquietud, tiene respuesta frente a lo que ve. La distancia de quien es, con lo que ve dentro de la pecera es tanta, que comprueba que la atracción hacia ellos no es más que la visión de que es ellos. Y así, como por arte de magia, termina siendo el pez.
Y se mira desde afuera de la pecera y cada vez se mira menos porque va dejando de ser el que ve para ser el que se mira.
Y así la transformación que te decía.
Hoy pensé bastante en la transformación. En lo que somxs y en el deseo de lo que creemos querer ser. En cómo lo opuesto, lo distinto, lo irreconciliable motiva para el hacer. Y en esa oposición esta lo más parecido a lo que uno es.
No sé si vos sabías que mucha de nuestra existencia es la pecera de los Axolotl y que somos ellos nadando y que somos ellos mirados por otrxs que se identifican de tal manera que se van transformando en lo que somos para luego nadar con límites de pecera.
Pensaba en la transformación desde el deseo y pensaba en el deseo de quién. Tal vez muchos de nuestros deseos no son propios. Son deseos de otrxs que por algún motivo los incorporamos para hacernos cargo y con la convicción de que son nuestrxs. 
Para que me entiendas mejor, lo que digo es que el protagonista que mira los Axolotl se identifica y se va transformando en ellos porque realmente creer que lo es. Y en esa transformación queda atrapado en la pecera.
Transformar no implica entonces siempre ir hacia donde deseamos. Transformar es simplemente mutar a otro ser y vestirse con otra ropa o sacarse ropas y ponerse escamas. Pero nada garantiza que sea direccionado hacia el deseo.
Y te estarás preguntando porqué estaría mal transformarse en el deseo equivocado, en el deseo autoimpuesto o en el deseo del otro. Y si bien no tengo respuesta y no se que pensás vos, pero yo al deseo lo vinculo con la satisfacción de ser. Lograr otros deseos o deseos prestados entonces no generar la satisfacción del ser, nos da la sensación de deber cumplido.
Y el deber no es necesariamente es satisfacción del ser.
No sé si sabés que podes ser todo lo Axolotl que quieras, aunque partas de ser persona que visita acuarios. Pero no sé si sabés, que no necesariamente ser Axolotl es el fin del ser, por ahí solamente te encierra entre paredes de vidrio.
Hoy pensé bastante en la transformación. Y recordé los Axolotl, una vez más.




*¨Axolotl, del Libro "Final del Juego" de Julio Cortázar

sábado, 6 de julio de 2019

Mi fundamento cooperativo


Desde que comencé a trabajar y a estudiar, me fui cruzando con organizaciones sin fines de lucro más que con empresas comerciales. No sé si atribuirlo al destino o a la energía que uno genera sin saber o sabiendo. Tal vez por ese gusto es que siempre me pelee con mi profesión. Siempre sentí que me automatizaron a ser parte del sistema. No por nada el 99% de la gente me dice “sos
 administradora de empresas” y yo, furiosa, siempre respondo “no, de organizaciones”. En mi transitar por económicas no me formaron para organizar estados, o asociaciones, o cooperativas, o clubes o nada que no sea una multinacional. Imaginate que eran los noventas.
La cosa es que recién me choqué de frente con el cooperativismo cuando Norberto me llamó para trabajar con cooperativas recuperadas desde el Estado. El me venía contando de su trabajo con ellas desde unos años atrás y siempre escuchaba interesada. Es así que le dije que sí, que claro que iba a trabajar. Y así empecé, aunque nunca logré trabajar con Norberto ni con recuperadas. Vaya a saber mi destino que me mandaron a innumerables lugares a hacer distintas cosas con un montón de gente. Y me sumergí en todos los mundos cooperativos y también mutuales. Trabajé, aprendí y empecé a entender un poco más de éste mundo. Me especialicé en la misma facultad que odié casi inmersa en una canción del Cuarteto de Nos.
Años más tarde, me fui a otros mundos extranjeros que me hicieron ocupar de otra cosa aunque nunca dejar de añorar u olvidar. Con los años, la situación política fue injusta conmigo y como con muchxs otrxs y de un día para otro, aunque sabiéndolo de antemano, me invitaron a repensar lo que quería para mi vida.
Tardé seis meses de reciente madre en cruzarme con Facundo que me invitó a volver a esta mundo tan lindo como difícil. 

Pero esta vez no fue lo mismo, ni fue igual. No hay punto de comparación entre vivir el sector de la economía social y solidaria desde el Estado o desde los papeles de estudio a la realidad las cooperativas o mutuales. Es un maldito abismo indescifrable. Laburar siendo parte, haciéndose día a día con otrxs, me explotó el cerebro en mil partes y me hizo (y me hace) entender, comprender, aprender, mejorar, enojar, frustrarme y sonreír.

Todos los días se me hace muy difícil pensar el como se hace y veo que la difucultad es doble. Veo que los problemas son hacia adentro pero también hacia afuera. Hacia adentro porque trabajar cooperativamente es más complejo que otras formas, pero sólo porque no estamos acostumbrados a ver las cosas de manera colectiva. Cuando vos trabajás comprendiendo que el fin de tu trabajo es que todxs estemos mejor y que podemos seguir estando mejor y hacer una sociedad mejor, obligatoriamente tenés que reformular la forma de ver todo. De cómo pensás, de cómo trabajás, del compromiso con las cosas y con la gente. Y aunque escribo mil veces todo, es porque es lo que importa. Resetear las neuronas para pensarnos como parte del todo y no como ser individual. Imaginate que cuando estás empleado, el fin último de tu trabajo es que otrx gane dinero. El dueño de tu trabajo. Y no digo que esté mal, así funciona el mundo. Pero gestionar otro tipo de organizaciones que no tienen ese objeto, ni tampoco que tengan un fin altruista como las ONG, hace que tengas que lograr o idear una gestión con valores colectivos pero que se adapte al sistema y su visión en la maximización del capital y a la costumbre del monopolio de los medios de producción. Y no sólo es poder hacerte vos la idea sino que tus compañerxs también se la hagan. Y en ese proceso poder acordar valores de vida y económicos para poder seguir viviendo y eligiendo vivir así. Menudo desafío.
La complejidad espanta. Espanta por difícil. Que las cosas sean de otrxs, que la responsabilidad sea de otrxs, que el riesgo sea ajeno, es mas relajante. Nos deja tiempo para lo que queremos, nos desliga de los procesos económicos que transitamos, nos para sin culpa ni carga.
Pero también nos automatiza y nos hace parte de un sistema que se repite. Y que estaría bien si ese sistema no fuera excluyente de personas, sino fuera desbastador de vidas, sino lograra su máximo eficiencia cuando unos pocos tienen mucho y unos muchos tienen poco. Y millones de personas sin comida y otras millones que eso no le importa nada. Un sistema que decide por nosotrxs, que decide lo que nos gusta, lo que está bien o lo que está mal, que es lo bello, lo importante y lo olvidable.
Por ahí estén pensando que me fui al pasto otorgándole la responsabilidad a un empleado como vos o como yo en la reproducción de un sistema autodestructivo. Bueno, pues tienen razón. Ese empleado como vos o yo es parte del problema.
Entonces aparece cuando hablamos del sistema, el otro problema que observo en mi estar por la el mundo de la economía social y solidaria. El externo. El problema del otrx que forma parte del mundo de la economía social y solidaria. Por lo que les conté antes, quien trabaja, milita y construye éste sector obligatoriamete tiene un arraigo fuertísimo con el mismo. Es antisistema por lo general, o al menos sabe que tiene que serlo. Pero ese antisistema vive equivocado en la perspectiva. Está muy bien oponerse al sistema pero la forma de hacerlo no es excluirse, es usar sus mismos recursos para imponer los propios, como decía el Che.
De qué vale gestionar las organizaciones como si fueran organizaciones políticas únicamente sin evaluar siquiera que para transcender se debe construir organizaciones económicas sustentables. Entonces, al ser organizaciones donde la persona es más importante que cualquier otra cosa, se pierden en acciones sociales confundiéndose las cosas. Porque formemos parte de organizaciones en dónde los valores son distintos, donde nos importa el otrx, donde podemos decidir, no significa que no debamos hacer buenas gestiones, ofrecer buenos productos y servicios y ser competitivos en este sistema. Es obligatorio, no sólo necesario.
Durante mis viajes y recorridas como Estado por cooperativas en varias ciudades de nuestro país, pude corroborar que la gran mayoría de ellas tienen fuertes deficiencias para cumplir con las necesidades mínimas que se pretende para ser alternativas en el mercado. Cumplir plazos y calidad, tener precios buenos, ser efectivas y ser eficientes. Y esa deficiencia reside en la dificultad de articularse como sector para generar instancias colectivas de gestión integral de las compras, de la producción o de las ventas. Y también la representatividad e integración intraorganizaciones se hace difícil y compleja porque las personas que a pesar de toda elección, somos parte de un sistema que nos promueve al individualismo. Y eso nos influye.
Fijate que festejamos los clubes que juntan ropa. ¿Cómo es que podemos admirar algo que tiene que ser asi? Y te digo más ¿cómo puede ser que haya gente que no tiene techo?
Esta situación externa que describo, es fácilmente comprobable en mi día a día. Nos cuesta desde nuestros lugares pararnos en el sistema como una organización que no quiere esta forma sistema. Y nos cuesta integrarnos con otrxs y dejar en la percha nuestro bagaje individualista.
No voy a resolver en un rápido esbozo de mi porqué, el problema que tiene el sector. Un sector que representa mucha cantidad de gente y no es nombrado por nadie en la campaña política, ni por quienes nos representarán, ni por los periodistas, ni por nadie. No escuché a nadie fuera del sector saludar al cooperativismo. Y eso es un problema.
Pero insisto que en éste breve decir, no podré explicar porque tampoco debo tener todas las razones ni las soluciones. A pesar de tantos años de estar y estudio, soy apenas una debutante en ésto de pensarse colectivamente y aprendo cada día. Y tengo un maestro que me enseña cada día. Y compañerxs de quien aprendo como espejo. Y organizaciones. Y gentes con experiencias hermosas y terribles. Y cada día es una experiencia nueva.
En el día de las cooperativas, los invito a meterse en ésto, a pensarse de otra manera, a comprendernos como un todx, a no tener miedo de ver el sistema de otra forma.



Fotos: FECESCOR - Noviembre 2010 - Trabajando para INAES


Bollito de papel

Estábamos sentados en medio de la casa cuando sonó la alarma de la habitación. Nos gustaba sentarnos en ronda a pensar ideas para escribir. Siempre somos los mismos. Marcela, Juan, Alvaro y yo. Nos habíamos encontrado mientras estudiábamos en la facultad. Marcela nunca la terminó. Nos faltaban unas 6 materias y decidió que no era lo que quería. Es por eso que siempre vemos en ella un ser superior. Todo lo que dice nos parece perfecto. Tiene una forma de creer las cosas y de actuar sobre la creencia que nos hace sentir muy deficientes en el cumplimiento de los propios deseos.
Con 6 materias sin dar, Marce se puso a estudiar salsa cubana. Mientras nosotros seguimos el camino de los libros ella se paseaba por los boliches cubanos para aprender y bailar hasta largas horas de la noche. Había uno ahí, frente al Paseo La Plaza que no me acuerdo como se llamaba. Y ella iba religiosamente cada viernes. Alvaro solía ir con cualquiera de sus novias de turno, mientras que Juan y yo preferíamos estudiar.
Álvaro no sabía para que estudiaba en realidad. Sólo le importaba conocer gente y especialmente chicas para ir a bailar cubano o la cultura que sea. Era un año más chico que nosotros y siempre se jactaba de su juventud y de nuestro aburrimiento. Marcela consideraba a Álvaro un caso perdido. Imaginate que ella tenía tanta claridad con las cosas que ver un pibe que sólo iba a estudiar para ampliar su vida social y amorosa, le parecía espantoso.
Igual se querían. El y su liviandad, ella y su convicción. Muchas veces imaginamos que iban a vivir juntos para siempre. Dicen que los opuestos se atraen, y aunque suele ser así, en el caso de ellos era amistad pura. Disfrutaban los viernes cubanos como su espacio de encuentro deformado y eran un poco más felices de verse. Por mi parte siempre odie bailar cubano. Y con Marcela tenía sentimientos encontrados, aunque una vez de tanto insistir la acompañé. Me aburrí como nunca. Alvaro estaba pero con compañía, así que terminé pidiendo un taxi a eso de las 3 de la mañana y me fui a mi casa.
Juan nunca fue. Era un tipo callado y silencioso. No sabíamos bien que opinaba de nadie ni de nada. Era todo lo opuesto a la efusividad de Alvaro o la verborragia de Marcela. Juan era como bueno, nada le parecía mal, aunque nada le parecía bien. Quería recibirse porque sus padres y con tanta obligación no paraba de estudiar nunca. Nunca nos animamos a preguntarle demasiado o a plantearle si estaba contento con estudiar lo que estudiaba. Incluso si era feliz. Tampoco creo que hubiéramos obtenido respuesta a la pregunta.
Yo lo quería mucho (lo sigo haciendo). En realidad todxs lo queríamos mucho.
Juan se recibió el mismo día que yo y no festejamos. El porque no le importaba y yo porque me olvidé de avisar y organizar la fiesta.
Yo soy muy olvidadiza, no suelo recordar nada de lo que tengo que hacer o no hacer. No me gusta salir y no me gusta demasiado la gente. Por eso desde el principio me llevé bárbaro con Juan. No me preguntaba nada, no me opinaba nada. Hacíamos lo que debíamos y luego de terminar la clase o el estudio, casi sin hablar nos íbamos a algún lado a tomar un café. Marcela se reía de nosotros y decía que éramos los más aburridos del mundo.
Por suerte el tiempo nos sigue jugando a favor y ahora nos juntamos a pensar en que vamos a escribir la próxima semana. Tenemos un reloj que dejamos en la habitación. Siempre nos juntamos en la casa de Marce. Ponemos la alarma que suene a la media hora y arrancamos a decir el porqué y para qué elegimos los temas que elegimos. Cuando suena la alarma nos callamos. Quedamos en silencio. Los cuatro, en ronda escribimos una palabra que nos parezca la conclusión de lo que hablamos. Hacemos un bollito y se lo damos a Álvaro, que lo pone en sus manos y la sacude. Luego, las tira al aire como si fuera papel picado y caen dentro de la ronda que formamos. Por una decisión conjunta, aquel papel que cae más cerca del pie derecho de Juan, es el que elegimos. Marce es la encargada de abrirlo y leer. La palabra escrita es la guía de las palabras de la semana.

Y escribimos, mientras Marcela baila salsa cubana, Alvaro no sabe porque escribe, Juan escribe para llevarle a sus padres y yo, escribo porque me olvido porque no hacerlo.

lunes, 24 de junio de 2019

Gotas caer


Estaba sola mirando las gotas caer. Pensando en nada.
Estaba tratando de comprender el desequilibrio de la energía.
En qué tanto se puede poder y se espera poder.
Mis recuerdos sobre gotas son secretos colmados de energía.
Y la energía que se desequilibra por culpa del tiempo y de la necesidad innegable que grita su inexistencia.
Serán que las palabras más silenciosas las que gritan?
Será el desequilibrio el motor que impulsa la vorágine insuficiente?
Sensaciones de un vacío lleno de vacíos y de un lleno vacío de llenos.
Mis manos se abren para abrazar palabras distintas y de esas que nadie creó aún.
Y entonces, esa soledad de gotas caer.



A propósito de las SAD

Estos últimos días, los clubes son parte de la disputa ideológica que tiñe esta previa de ballotage presidencial. Frente a la reaparición de...