domingo, 19 de abril de 2020

Ciruelo, somos.

Estamos listos para emprender un camino que no tiene retorno. Levantamos los brazos indicando para donde ir. Somos quienes hacen los remolinos en los que desaparecen las emociones. Nunca pero nunca contamos la verdad ni siquiera a la verdad. A veces pensamos que no tiene ningún sentido y otras veces sentimos que lo tiene todo. La última vez fue ayer y recogimos frutos de un ciruelo. Estamos listos para volver el viento en huracán y el mar en tormenta. Sabemos pintar de colores inexistentes y cerrar postigos de madera para abrirlos cuando pase el viento.
Estamos esperando el momento justo para no arrancar nada ni terminar nada. Es longitud de las notas de esa canción quieta que rodea un mate que nunca compartiremos con nadie.
De todas las palabras que existen que podamos decir, la única que no decimos es la que no entendemos. No la decimos no porque no la entendemos sino porque es la que más hacemos.
Somos el granizo que choca contra la laja del camino que llega a un hogar lleno de amor que alcanza pero que nunca alcanza. Y nunca alcanzará mientras alcance.
Estamos listos para transformar las nubes en agua, el gusano en mariposa, la mano en aplauso, la rima en poesía. Somos los que miran desde lo alto estando desde lo bajo.
Los que nos abrazamos cuando la primavera nos llena de pétalos y nos encuentra mirando la ventana hacia aquello que nunca pero siempre, lograremos.

viernes, 17 de abril de 2020

De barbijos y tapabocas

Me maravilla cómo las cosas que pasan instalan saberes, necesidades y temas que hasta ayer no existían en nuestros pensamientos y que probablemente se pierdan en los futuros.
Hoy no encontramos con la vedette del momento: el tapa boca.
Ojo que el tapaboca no es barbijo. La idea es comprender que no tenemos que usar lo que usan los médicos, sino cualquier “cosa” de tela que nos tape la boca, el mentón, la nariz. Entonces se llama tapaboca. Claro. Absolutamente inexacto. Pero no importa, la idea es que sea algo que te tape todo aquello que puede generar contagio inmediato. 
La cuestión es que de a poco, todes debemos salir tapados. Y cada quien hace lo que puede. Se tapa como puede o cómo quiere, porque hay mucho de imaginación y de ideas y de accesibilidad y de creatividad.
Salir a la calle y mirarlos es muy divertido realmente. Habla de personalidades y de elegancia. O de la falta de ella. Están los coloridos, los pañuelos, los cosidos con telas que tengo que casa, los de media, los comunes que venden en la farmacia. También están los de plástico, los de astronauta, los que tapan toda la cara y los que tienen respirador cuál buzo o astronauta. 
Son todos muy lindos y es muy lindo ver a la gente tapada. No les ves las caras de alegría o de tristeza, te queda la presunción actitudinal. Es muy lindo ver cómo algo que no tenía nada de útil para nadie de repente es parte de ver a otra persona.
Hoy me tocó salir y por obligación normativa tenía que salir con tapabocabarbijoqueseyo. La cosa es que no tenía barbijo, eso habla de la poca previsión tal vez. Tampoco me hice el tiempo para coser uno. Hace unos días me puse a tejer al croché a modo de decir que hago algo distinto a escribir en la compu o hablar por celular y me salió un barbijo muy pedorro que lo usa mi hija para decir que tiene barbijo. Pero para salir no tenía nada. Al mejor estilo casual, me armé un supertaboca con un bello pañuelo el que enrede y anude en mi cuello y garganta.
Me tapa media cara. Desde la parte superior de la nariz hacia abajo. 
Salí tipo 10 de la mañana respirando pañuelo y transité mi dia exterior con él. Digo que me resultó molesto, no sé si porque es apenas un pañuelo o porque me siento oprimida, pero la cosa es que no me gustó para nada. Luego, pasaron las horas y como hacer cada cosa tarda una hora reloj, estuve con el pañuelo puesto varias horas.
Por momentos me imaginaba en una marcha contra el gas lacrimógeno, en otros una árabe medio trucha, pero lo que más me molestó en el calor que se generaba en el pañuelo por mi mismo respirar. Ya en los últimos ratos sentía que me respiraba todo lo que respiraba dos veces. Húmero y medio suelto, lo volvía a atar. Y se desataba. Al principio no se destaba, no tengo claro si el propio pañuelo se hartó de mi aliento o si era yo que perdí la capacidad de atarlo. 
Llegué a mi casa con ganas de libertad. Revolee el pañuelo en un balde. Y sentí el fresco en la cara. Creo que estaba más feliz el pañuelo que yo. Como sea, ya veré qué me pongo la próxima vez que salga. Por ahí consiga un tapaboca o un barbijo más adecuado, o me nazca coserme uno, o alguno o alguna que se dedica a hacer este tipo de insumo tan extraño me venda uno. O seguiré con mi pañuelo que en definitiva, me tapó bastante bien.

Foto: Mi última creación: barbijo croché al que denominé: "no podés!"

jueves, 16 de abril de 2020

Decidir


Estuve pensando en que es el error. Y pensaba es que es un resultado. Entonces si es un resultado, es la opción que se toma frente a una decisión. Cada uno de nosotres decidimos todo el tiempo. Desde que nos levantamos hasta que nos dormimos. De hecho la primer decisión es de levantarse o no hacerlo. Vestirse o no. Desayunar o no. 
Con cada cosa que vamos haciendo, vamos decidiendo. 
La toma de decisiones tiene distintos niveles, algunas de ellas no las pensamos y por ende no necesitan la alternativa. Eso no significa que no haya, sino que simplemente alguna vez decidimos algo y ya quedó decidido. A esa decisión se  la podría denominar costumbre. La costumbre es decisión ya decidida y es el punto en donde nos relajamos. Sin embargo,  corremos el peligro de que quede instalada sin nuevos procesos decisorios. Allí suele haber un estancamiento de la acción. En esa costumbre puede existir o no el error. Cuando está muy arraigada no existe la capacidad de comprender si la decisión fue acertada o no acertada. Muchas veces la costumbre nos deja inconscientes del momento de la decisión, de la alternativa y por ende de la acción que realizamos. Un error de costumbre es un error diferido, pues se convierte en error cuando la costumbre molesta o empieza a no resultar. Así, mutamos del acierto al error por el mero hecho del paso de la decisión que, o bien inicialmente fue desacertada o se fue desacertando con el paso del tiempo.
Otras decisiones son más cortas y con consecuencias más rápidamente visibles. Allí el error es fácil de detectar porque rápidamente se obtiene un el resultado.
Luego están las decisiones trascendentales que son aquellas que nos transforman. Son las grandes, las que tienen que ver con decidir sobre nuestras vidas como seres humanos. Esas decisiones a veces demoran en realizarse porque evaluamos las alternativas de forma consciente. Sin embargo, en las grandes decisiones y grandes aciertos o errores muchas veces no prima la razón y decidimos desde el impulso de la emoción. Hay personas para cada tipo de decisión, las personas más racionales y las más emocionales. Para nada significa que una decisión emocional carezca de razón o viceversa, sino que es la forma en que se decide. El acierto o el error es subjetivo y depende de un montón de variables. Hay un lugar en donde no tiene demasiado sentido hablar de error frente a decisiones trascendentales es de la vida. Creo que en ese caso son caminos que vamos eligiendo y des-eligiendo.
Muchas personas no pueden decidir por miedo a equivocarse o sea al error. Otras y otros no pueden decidir por miedo a acertar. 
Las decisiones nos vinculan directamente con el error. A veces los errores son deseados. Hay errores pequeños, errores grandes, errores que siempre serán errores y errores que son horrores. Algunos errores son necesarios, otros invisibles, otros inútiles. 
Si las decisiones generan errores también generan aciertos, por lo tanto entre errar y acertar hay una delgada línea que puede tornarse difusa en tanto el tiempo y el espacio. O sea que todas las características y tipos de errores podrían aplicarse a los aciertos.
Creo que en decidir es la cuestión, el error y el acierto una consecuencia que tal vez no es demasiado relevante, sobre todo cuento miramos más allá de ellos. 

sábado, 11 de abril de 2020

Guadalupe

Mirá que hay cosas para contar eh, pero lo primero que me cuenta Pedro cada vez que me ve es la historia del primer día que conoció a Guadalupe. El que estaba sentado en un café en la esquina de Arias y Avellaneda y la vio pasar y la miró tanto que no pudo dejar de mirarla. Guadalupe se detuvo en la parada del 269 y se quedó allí. Tenía el pelo largo hasta casi la cintura, un jean y una campera de color negra. Llevaba una mochila y miraba el horizonte esperando su transporte. Entonces Pedro me sigue contando que no se resistió más y se levantó de su mesa. Salió y se paró al lado. Le dijo simplemente “hola”. Guadalupe lo miró y le respondió copiando su saludo.
Pedro no supo que mas decir y quedó callado. Vino el colectivo y Guadalupe subió. Pedro también. Ya sentada en el asiento de uno, nunca volteó la cara para mirarlo. Y en Morón finalmente se bajó. Pedro me cuenta que se sintió perdido y el chofer debió avisarle que terminaba el recorrido. Tuvo que bajar y ella ya no estaba más. 
Nunca supo más de Guadalupe.
Ni tampoco si se llamaba así.

Adenovirus: Día20


No voy a hacer una crónica porque este es mi día 20 de adenovirus y no conté nada de nada antes. Entonces más que crónica, es una historia de unos días en un día.
Cuando todes están preocupados por el coronavirus, yo estoy enferma de adenovirus.  Suena parecido pero nada que ver.  Se ve parecido pero tampoco lo es. Es una forma de conjuntivitis que te puede agarrar un poquito o un montón. Es claro que a mi me agarró un montón. 
Casi todo el mundo tiene claro y me lo hace saber que tiene que ver con el estado anímico, la época, el encierro, la gente de alrededor que veo y que no veo. Me dicen que no quiero ver, que quiero ver mucho, que extraño ver, que es enojo contenido por ver o dejar de ver, que que sé yo.
Estoy segurísima que los motivos de mi virus son todo lo que me dicen y que tengo que meditar, hacer reiki, taichi, yoga, psicólogo y todo lo que haya en el mundo que armonice mis defensas.
Pero más allá de eso, hay una cosa que es así y es que hay que pasarlo.
Paso mis días de diferente manera. Ahora puedo leer y escribir un poco mas. Los primeros quince no lo podía hacer más de diez minutos. Otros días se me inflamó la cara en mi lado derecho como si tuviera una muela inflamada. Y me dolía enormemente. Tuve días que no podía descansar bien porque no podía apoyar la cara en la almohada. Uso lentes negros, cosa que no hago habitualmente. Soy igual a mi vieja con los lentes negros. Me impacta un poquito. Tengo que ponerme gotitas cada 4 horas y lágrimas constantemente. Tengo que cuidarme con lo que uso en la casa. Y si me toco el ojo lavarme las manos. Y tengo una constante sensación de inflamación en la cara. El ojo izquierdo esta enfermo también pero leve.  
Me cambió el humor esta conjunción de adenovirus y encierro. Estoy irascible y molesta. No me gusta casi nada. No tengo paciencia, una de mis características más agradables. No veo nada de ficción y pienso todo el tiempo en todo. Llamando todo a absolutamente todo. No estoy afectiva ni cariñosa ni amorosa ni sonriente. Soy como la versión más molesta de todas mis versiones geminianas.
Esta semana había empezado a estar mejor pero anteayer arranqué el día con el ojo inflamado y luego de la siesta que trato de dormir religiosamente, veo que tengo algo mutante adentro del ojo. Asustada (y ya algo cansada) me fui al médico. El Centro de Ojos estaba casi vacío. Me atienden y una doctora me explica que el ojo está luchando contra el virus y desarrolló una membrana adentro del ojo. Lentamente, me la sacó. Y me fui, sin membrana mutante a cuestas.
No mejoré demasiado ni el ojo ni mi humor, ni creo que este texto lo mejore.
Tendré que buscar que me mejora para que se vaya el virus y cuidarme quedándome en casa para no agarrarme el otro. O sea, seguir el letargo y dejar de pensarlo como letargo para poder curarme el ojo y del humor.
Vivimos todes un momento muy sorprendente. Vivimos encerrados. Lo que me pasa no es demasiado grave la verdad. Lo que nos pasa parecería que sí. Es extraño lidiar con un virus previniendo para no contraer otro virus. 
Y ahora me voy, que me tengo que poner las gotas.





jueves, 19 de septiembre de 2019

El cerco



Nunca me gustó la autopista Buenos Aires-La Plata. No sé bien porque. Tan vez es ese asfalto tan irregular, o las curvas tan amplias, o tal vez la sensación que podría llegar al mar pero falta mucho. Entonces siempre que la transito recuerdo esa insatisfacción.
Si faltaba algo para no gustarme es que vi el cerco. Probablemente haya estado hace mucho pero me habrá encontrado distraída o insensible.
La cosa es que sobre la mano derecha se presentó frente a mí un terrible cerco que funciona de aislante para la villa que se despliega sobre el costado derecho. No se bien la localidad ni la ubicación, solo sé que eran unos cuantos metros de una gran estructura metálica con redes cual gigantes mediasombras que evitan algo. Dividen algo. Le dicen al quien vive del lado de la villa que vive del lado de la villa y que es tan distintx al resto de la sociedad que necesita de una mediasombra con vigas metálicas para ser. O no ser. O no hacer. Me pareció terrible.
Y tal vez tiren piedras o se crucen para que parar los autos.
Y de alguna manera se entiende o creemos entenderlo.
Sin embargo pienso que es una solución horrible. Tan horrible como la imagen de ruptura que me produjo verlo. Ruptura cultural, económica, social, humana.
¿Qué puede sentir quien en la villa ve que su límite con la saciedad es un cerco? ¿cómo puede ser que así pretendamos que vivan como nosotrxs creemos que hay que vivir?
Creo imposible que esa solución sea solución.
Creo que es un espanto.
Ahí me quedé y no saqué foto. Y tampoco encuentro registro en el gran mundo de internet.
Un espanto sin registro.
Un espantoso cerco.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Adoquines


Que no haya subtes no necesariamente es una mala situación.
Desde San Telmo a Once se camina bien. La ciudad muestra la belleza del movimiento. Miles de personas que se cruzan y ni se miran. La exacerbación del individualismo. Cuánta gente que se cruza de frente en su mirada y no pasa nada. Cuanta gente que no es nadie en la vida de nadie.
Las miradas se cruzan e imaginamos la posibilidad de que algo debería pasar porque si hay un cruce de miradas, hay intenciones. Pero esas intenciones no se comparten a pesar del frente a frente de los ojos. Esas intenciones tampoco son parecidas. Se reprimen las intensiones.
Por suerte, lo que corre ese cruzamiento de miradas son los adoquines.
Las calles por Defensa están llenas de piedras que tropiezan pies pero que le dan una pincelada de antaño, una cultura colonial que contrasta con la miradas y las camisas de empleadxs que caminan pegando miradas a sus celulares.
Y bancos. Iglesias. Organismos públicos. Y la Plaza de Mayo.
Una plaza que tiene tantas miradas como pulso histórico. Sin valor consciente, el hecho de pisarla produce la sensación de acción y de historia ajena. De balcones, de luces, de pasado y de futuro.
Caminarla, según el momento y el motivo, la carga de contenido, de valor social, económico y político.
Los adoquines quedaron atrás y la ancha Avenida de Mayo es la extremidad de esa plaza, que es cuerpo y alma de muchos mas que menos y de muchos ojalá.
La avenida, recta, sólo se ve desorganizada cuando el Congreso se para de frente para generar una diagonal derecha, que la encamina finalmente a ser eterna.
Varias cuadras después te recibe Once, uno de los centros de confluencia de transporte. Nada se parece a San Telmo y a sus adoquines. También aquí miles de personas se cruzan y no se miran. Y cuando se miran, esconden la intención y bajan la mirada para no pensar en intensiones.
Ropa. Negocios. Vendedores ambulantes. Monumentos. Y la Estación.
De tanto San Telmo en adoquines llegas a Once vestido con ropa de oferta.
Que no haya subtes no necesariamente es una mala situación.
Es una mirada. Es una intención.

A propósito de las SAD

Estos últimos días, los clubes son parte de la disputa ideológica que tiñe esta previa de ballotage presidencial. Frente a la reaparición de...