martes, 2 de junio de 2009

Susurros

En la larga imagen del día y trepada en la triste serenidad de la existencia, descubro lugares vacíos, oscuros rincones de pesada extrañeza. Descubro los días teñidos de cuentos y de imagenes superfluas que entretienen malestares. Escucho palabras sin significado y me hago sorda de la voluntad del viento. Mis ojos huelen el rocío de la penunbra. A dónde sumirme silenciosa y navegar por las alturas del alma, a dónde sumergirme dichosa de la niebla espesa del silvido, a dónde mirar susurros que escupan preguntas , a dónde.

domingo, 24 de mayo de 2009

Inconsciente Colectivo

Nunca me había comentado aquella circunstacia. Creo que no era necesario el comentario pensándolo bien. Lucas se empeña en decirlo una y otra vez: "no hace falta aclaraciones al margen cuando de cosas cotidianas se trata". A veces me agota escucharlo repetir esa frase una y otra vez. Pero es así. Lucas es así y a esta altura no me importa.
Sin estar prevenida de nada subí. El colectivo estaba repleto. Había poco lugar para mantenerse de pie. Yo cargada como siempre con mi bolso lleno de papeles de la inmobiliaria intenté hacerme lugar entre la gente. Desde el primer momento que le dije al chofer el valor de mi boleto sentí el ambiente raro que me rodeaba. Doble mi cabeza hacia el fondo y fui realmente incapaz de divisar las caras. No era efecto de mi corta visión ya que invertí unos buenos pesos en hacerme lentes de contacto de última generación "nuestra tecnología esta petentada, que es un agente humectante interno extremadamente hidratante que actúa en la superficie y en todo el interior del lente, además de contar con bloqueo para rayos UVA y UBV. Súmele a ésto que tienen marca de derecho-revés para colocarse los lentes correctamente" me dijeron en la óptica antes de que pasen mi tarjeta de crédito. Tenían razón, siento mis ojos hidratados constantemente.
Sí, no veía caras, veía torzos, uno pegado al otro. Miré un poco hacia arriba y entendí finalmente que no podía ver caras dada la altura de todos sus pasajeros. No había una persona que midiera menos de un metro noventa. Hombres, mujeres. Diversas edades. Intimidada por mi metro sesenta fui haciéndome lugar a través de los altos. Tengo la leve sensación que ni siquiera podían llegar a sentir mi presencia. Un señor mayor de casi dos metros agachado miraba por la ventanilla, una mujer joven leía un libro mientras su cabeza rozaba contra el techo del colectivo, un adolescente de apenas metro noventa se sumía en sus auriculares siguiendo al compás la música. Los que estaban sentados no debían ser así de altos, no hay manera que se juntaran en un mismo colectivo toda gente tan alta. Mi teoría se vió desbaratada cuando en una importante avenida bajaron varios de los sentados. Y eran altos, tanto como la pareja de jóvenes tomados de la mano y el señor de traje y maletín que subieron en esa misma parada. Las sensación de error se apoderaba cada vez más de mi. Deseaba haber estado con Lucas a ver qué tenía para decir. Si siempre tiene respuesta para todo deseaba que encuentre una para ésto. Pero no estaba y yo sí con mi metro sesenta, mis lentes de contacto nuevos y mis papeles revueltos. ¿Qué sería lo que ocurría allí? Un transporte para altos, para gente que puede tocar los techos con sólo levantar el brazo o para gente que al agacharse recorre varios kilómetros. ¿Será que en éste colectivo existía un imán para altos? ¿La gente alta es cómo el metal que tiene un mineral que lo atrae? Será que el alto es metal y el colectivo imán. Subió una abuela, la rubia del asiento de adelante le dió su lugar. Nunca había visto una abuela tan alta. No es coherente ser señora canosa y añosa e inestable al caminar y que todo ello se encuentre en un metro noventa y tres. La edad achica, nunca mantiene o estira. Lucas siempre me dice que es la sabiduría: "uno crece, gana experiencia y filtra, filtra tanto el conocimiento que cada vez ocupa menos lugar aunque sea mayor, es por eso que de viejo uno se vuelve más chiquito..."
Se acercaba ya la hora de bajarme y sólo pensaba en si alguna vez volvería a viajar en un colectivo de altos, pero de altos altos. Toqué el timbre como pude. Pasé por entre medio de la parejita de metro noventa y cinco y noventa y ocho mientras miraba hacia arriba y sus rostros enamorados. Paró el colectivo y bajé, conmigo lo hizo algo más de gente alta.
Me quedé parada, dejé caer mi bolso y con el mis brazos que se desplomaron pesados al lado de mi cuerpo. Miré el irse del colectivo que se perdía lleno de metros. Los que bajaron conmigo se perdieron entre la gente. Volví a mirar el horizonte de cemento y ahí pequeñito aún se dejaba ver. Me quedé diez minutos o tal vez dos horas mirando ese colectivo que ya no veía.
Pero lo miraba con mis lente nuevos. Esos, que siempre estan hidratados.

domingo, 3 de mayo de 2009

Feria de guitarras

La tarde era propicia para visitar la Feria del Libro. Cómo cada año, insisto en caminar a través de los stánds para deleitarme con la multiplicidad de libros. Hacía ya un par de años que no iba un fin de semana. Había olvidado las mareas humanas. Y siendo domingo, era una fija lo que me iba a encontrar. Despojada de prejuicios frente a las corrientes humanas entré. Siempre me hizo un poco de ruido que la cita sea en La Rural. Lugar altamente complejo de asimilar, sobre todo por su pasado y por su presente que no deja de estar siempre en ese lugar dudoso de la oligarquía argentina. Sigo impactada de hecho que el pabellón principal se llame José Alfredo Martínez de Hoz (padre de nuestro conocido ministro de economía y viejo estanciero presidente de la Sociedad Rural, quien obtuvo las tierras gracias a la donación que Julio Argentino "billete de cien pesos" le hizo a su familia).
Omitiendo tristemente ésta circunstancia, me adentré en el mundo de los pabellones. No sin antes cruzarme con Miguel Cantilo en la pecera de Radio Nacional. Esta viejito. Es una cana caminando incluidas sus cejas enormes que despiden largos pelos blancos. Estaba con su guitarrita emulandose a sí mismo y contando sus andanzas setentosas. Me quedé un rato como mirando el museo del rock nacional y sus páginas amarillas. Me gustó la mucha gente mirando y que sea yo una de ellas. Me fui al rato, suficiente me dije.
Entré en el Pabellón azul y observé una multitud apilonada. En éste contexto me uní a la marea humana, sólo por despuntar el vicio. ¡Era Roberto Piazza! Parece que el querido modisto escribió un libro y hoy firmaba ejemplares. Jamás imagine encontrarme este personaje. Pantalón negro chupín, borsegos, campera negra de cuero con un detalle en su espalda de cositas colgando que no llegué a descifrar. Mechitas rubias y colita. Piel arruinada. Y llamativamente más bajo que yo.
Semejante visión me dejó medio abrumada y ni siquiera había empezado a ver libros.
Diciendole a mi cerebro que olvide rápidamente lo visto empezó mi recorrida. Pabellón azul, verde y amarillo. Compré "El ejército de la ceniza" de José Pablo Feinmann. Luego me propuse insitir en bibliografías clásicas. Esta vez fue cultivarme en Borges. Si bien soy de leer mucho hay un par de autores en los cuáles soy analfabeta cien por cien. Es el caso de Roberto Arlt o del mismísimo Borges. Así que fui por José Luis. Adquirí por una módica suma tres libros: El Aleph, Historias de la eternidad e Historia universal de la infamia. Además, mi papá me había pedido que le compre algunos. A él le encanta el espionaje y los policiales y esta agotado de leer sus mismos libros una y mil veces ya que no le gusta ir a comprar. Un personaje.
En el interín de compra y compra me topé con otro autor que firmaba libros. Pero para mi sorpresa (o no) estaba parado charlando con un par de señores y con una visible escacez de público. Parece que Guillermo Salatino escribió un libro sobre Racing. Y ahí estaba. Esperando la nada con una birome en la mano. No entendí si es que la gente de Racing no lee, o está agotada de tantos libros y pocos campeonatos o qué. Luego imaginé que debo ser una de las pocas mujeres que conoce a Salatino. El mismo padre que no compra libros me hizo crecer escuchando Competencia los días de semana de 19 a 21 por Continental o la trasmisión del domingo y el tatatata gol. Y ahí, siempre fanático de Gabi Sabatini y luego de Coria, lo encontrabamos a "Salata" hablando. Hasta que se fue a la Red. Ahí medio que le perdí el rastro, excepto en la tele y sus comentario tenísticos. Sea como sea, no tenía público. Casi le doy para firmar uno de Borges, pero luego me dije que sería peor,... y me fui cabizbaja por mi compañero radial de tantos años.
La gente empezaba a molestame y mis pies sufrían una especie de colapso nervioso. No fui en zapatillas. Un error sin dudas. Igual, ya había hecho y visto todo lo necesario por lo que decidí huir de la mar de pabellones y de tantas discímiles caras famosas y no famosas.
Así fue como salí del largo túnel alfomabrado de rojo, no sin antes imaginarme como una estrella famosa en "the red carpet" Hollywoodense. Y pensé en Liam y el Noel y sus eternas peleas. No muy lejos de allí, estaban por empezar a sonar los ingleses y toda su frialdad. Me puse a pensar entonces en dónde estará el cassette con su primer disco que había grabado anda a saber de dónde y al que le había hecho por mí misma el arte de tapa. Concluí que había quedado perdido en otra casa y atrapado en otra película de mi vida. Me dio pena, aunque más pena me dió no haber estado en el monumental. Una vez, perdí la oportunidad concreta de ir a verlos por tontería. Hoy, entendí que había perdido la oportunidad otra vez y sin ser conciente de las ganas que tenía de ir. Resignada por la poca inteligencia a cerca de mis gustos y entendiendo que me estaba perdiendo demasiados recitales éste año, busqué alguna radio que lo pase. La voz de Lalo Mir en el estadio y los primeros acordes me conformaron un ratito. ¡Qué guitarras, por favor!
Entonces volé con con mis auriculares en los oídos hacia el estadio mientras mis ojos miraban las manos de la gente con bolsas llenas de libros y a viejos músicos tocando guitarras.

viernes, 1 de mayo de 2009

Cerraduras

Se sentó en el medio de la sala celeste. Habían pintado de ese color la habitación.
Sólo quedaba la silla de caño gris y cuerina beige, un insulto al buen gusto.
Mientras entendía que sólo eran la silla y él, se produjo un incendio a dos cuadras de allí. Los bomberos pasaban velozmente y las sirenas le taladraban lo que le quedaba de su cerebro. Había entrado por la única puerta de la habitación. La cerradura andaba mal. Introdujo la llave como pudo y se sintió sólo con fuerzas para llegar al mueble que quedaba. La docena de copas consumidas hacían estragos en sus rodillas que coqueteaban con el parquet gastado y manchado de negro. La lamparita colgaba del techo, su luz tenue no llegaba a convertirse en claridad.
Sentado miró a su alredodor y su cabeza cedío al igual que sus brazos. Preocupado por su postura intentó mirar hacia arriba. El esfuerzo fue enorme pero logró quedar sentado. Cabeza hacia atrás, brazos a los costados, piernas estiradas dejandose sostener apenas por la silla.
Ya sólo quedaban recuerdos de la bocina. Por un instante imaginó las llamas destruyendo madera, sábanas, colchones, cortinas. Imaginó el fósforo cayendo desde la mesada de la cocina mientras la pareja se olvidaba de correr el repasador caído en el piso, llevados por la pasión del encuentro. Y el calor de sus cuerpos hacía olvidar el calor que comenzaba a brotar desde la cocina. Imaginó los besos más sublimes rodeados del fuego destructivo que terminaba con todo lo que se le ponía frente a él y que escondía las formas para convertirlas en restos chamuscados y olvidados.
Imaginó los gritos desesperados de una mujer envuelta en las sábanas y la desesperación del hombre haciendo esfuerzos inútiles para apagar el propio fuego y el que entraba por debajo de la puerta de la habitación.
Imaginó la falta de aire y de oxígeno, las llamas desapareciendo las sábanas que envolvían a la mujer, el furioso color anaranjado que hacía explotar los espejos tan dedicadamente colgados.
E imagino una canción aún sonando en el viejo equipo de música. Una canción tristemente romántica que no parecía perderse con el fuego, que lo desafiaba con sus notas conservando el misterio de lo imposible que es seguir sonando cuando el calor domina.
Su mano logró sacar el arma del bolsillo derecho aunque pesaba demasiado. Quedó apoyada en su muslo. Una lagrima se perdía en su mejilla mientras miraba la lámpara del techo e imaginaba el olor a venganza mezclada con pena. Acercó el arma a su cabeza y la apoyó sin antes mirar a su alrededor. Era la nada misma, el celeste cada vez era más penetrante, la inexistencia de objetos y las manchas negras del piso. Respiró profundamente y sintió el olor a humo, un olor a dolor quemado y a tarea cumplida.
Y disparó.

martes, 21 de abril de 2009

Manos y Contramanos

Av. Elcano es una conocida calle de la Ciudad de Buenos Aires. Muchos de nosotros la ha caminado o navegado en diversos medios de locomoción. Pero como toda calle, hasta la misma Rivadavia, se corta. Allí, donde Elcano se cae me suelo encontrar habitualmente generando mi sustento. Es un lugar terriblemente inóspito. No se sabe realmente su localización. Puede que sea Paternal, o Agronomía o Chacarita.
Al final de la avenida que nos convoca hay un paredón. Y árboles que se asoman tras él. Nunca me queda claro que es ese muro. No porque no se sepa, sino porque no logro aprender qué es esa institución que coquetea por su otra arista con el ex albergue Warnes (hoy Hipermercados asociados SA).
Hace un largo tiempo ya que están construyendo un túnel. El túnel Punta Arenas, que conecta algo con algo. No es porque no se sepa, sino porque no logro aprender qué es lo que conecta.
En la mañana de hoy abrieron el esperado (¿por quién?) túnel. Las cintas de inauguración se desplegaron y el jefe de gobierno y su bigote conservador desplegaron un sin fín de tijeretazos de oro y diamante. Mucho por la proximidad electoral y por el concepto de "desarrollo urbano". Era tan monono como el obelisco iluminado con la frase "jugá limpio" o como la mujer que sigue durmiendo impunemente sobre la 9 de Julio.
Pero no todo son rosas. La existencia de ésta nueva obra generó la alteración de las manos y contramanos de dos concurridas (aunque escondidas calles). Paz Soldán, paralela hacia las vías del San Martín siempre fue mano hacia el Cementerio y Elcano siempre lo fue hacia el paredón incierto. Hoy, a partir de las once todo cambió. Se invirtieron.
Lo que era mano se convirtió en contramano y viceversa.
Mareos automovilísticos, vecinales y animales.
El amanecer de la tarde diaria me encuetra paseando por Paz Soldán, Elcano, Avalos y por qué no Punta Arenas. Salgo en mi horario de almuerzo de ese tupper en que se transforma mi día para poder respirar sol y nubes. O simplemente para respirar.
Mi sorpresa fue mayúscula al ver el caos. Los comentarios previos de quiénes lo habían vivido segundos nomás no logró opacar mi sorpresa.
La calle se encontraba llena de autos que nada sabían de manos. Ni de contramanos. Los vecinos asomados y más de uno en reunión vecinal comentando la circunstancia actual. "Si siempre fue mano para allá, cómo es posible que los autos vayan de otra manera. Entonces cambiaron la mano... y ahora qué hacemos?".
Un colectivo 78 sobre Paz Soldán estrenaba mano cuando se encontró de frente a un hermano 78 que hacía el camino de vuelta por el mismo lugar que él hacía de ida. El chofer correcto se detuvo y sacando medio cuerpo desde su ventanilla explicaba con efusivas señas el nuevo recorrido al chofer equivocado.
Mientras todos iban correctamente sobre Elcano en su nueva versión, todos los autos estacionados estaban incorrectos. Estacionados en contra. ¿en contra de quién? ¿en contra de qué? Y pensé en cómo lo correcto y lo incorrecto puede cambiar de un momento a otro y simplemente por una flecha. ¿será así siempre? ¿será así con todo?
Ya mareada, habiendo caminado sólo algunas cuadras a la redonda llegué al túnel. Tenía mano y contramano. Y estaba vacío. Algún que otro auto pasaba casi pidiendo permiso. Olor a nuevo y a desarrollo urbano. Olor a huevo y a desarrollo en Urano.
Era la hora de volver. Siempre que vuelvo por Elcano desde Punta Arenas vuelvo contramano. Hoy, y luego de la transformación vial, vuelvo mano.
¿Cómo nos modifica una mano o una contramano? ¿porqué creer que un cambio tan sencillo como éste puede generar caos en un vecindario escondido? ¿cómo desacostumbrar al cuerpo de las manos y contramanos? ¿Y a la mente?
Un señor X dice correcto o incorrecto. Y todos cambiamos la concepción de lo que se debe.
La manos y contramanos saben de ello. Y nosotros también.

sábado, 4 de abril de 2009

Ochentaydos


Me levanté cansada. Hace dos días mientras intentaba descansar sonó el teléfono. Era un señora preguntando por José. Le dije que se había equivocado que no había ningún José en la familia. Cortamos. Sonó nuevamente y la misma señora insistía con hablar con José.
Yo, con mi mejor predisposición, le dije que se había equivocado y que no había nadie llamado así. Le consulté el número de teléfono y era exactamente el mío. Le aseguré que tenía mal el número y que por favor no llame más. Con mala disposición me dijo que era todo muy raro pero que dejaría de llamar y que le informara a José que Marisa lo estaba buscando por el temita del dinero.
Sólo por no contrariarla y porque tenía ganas de dormir le dije que estaba bien, que si lo veía le iba a decir. Pude conciliar el sueño alrededor de las dos menos veinte. Fue la última vez que miré el reloj despertador.
Me despertó con el sonido del timbre. 
-¿Quién es? 
- José. 
Sorpresa. 
Recordé el llamado de ayer. ¿Será ese José? Me asomé por la ventana y le pregunté que necesitaba. "Es por lo de Marisa" me dijo y continuó: "hablé con ellos y me dijo que Marisa quiere que te deje el dinero de la planta. Parece que no quiere verme pero no me importa, hace tanto tiempo que no la veo que no me preocupa demasiado".
Por cortesía le dije que estaba bien, que me deje el dinero a mí que yo me ocupaba.
José era de mediana edad, calculo de unos cincuenta años. Estaba muy bien vestido. Los zapatos eran una especie rara de mocasines con tiritas en color beige oscuro. Muy típico de los Josés.
Pasó el dinero por debajo de la puerta y se fue caminando lento hasta la vieja camioneta.
Subió y se fue.
Tomé el sobre y lo abrí. Encontré un cheque de quinietos pesos diferido a julio. Estaba a nombre de Marisa Gómez. Además había una nota escrita en mayúscula de imprenta que rezaba:
"Carmen: te dejo la plata de tu planta. No era necesario que Marisa me llamara para pedirla. Te iba a traer el cheque en cualquier momento. La planta está bien, sólo un poco mareada con el clima. Viste como está todo, somos invierno y hacen treinta y cinco grados. Llamó Luis pidiendo por vos, le dije que estabas de viaje unos días buscando nuevas especies. Creo que no me creyó. Es más que obvio que Julián le contó todo y sabe que te viniste a Tres Arroyos. Saludos. José"
Guardé la carta en el primer cajón de la cómoda.
Mi día transcurrió como de costumbre. 
Alrededor de las diez de la noche suena el timbre nuevamente. 
Era Marisa. No me costó reconocerla ya que golpeaba la puerta pidiendo por José. 
Apenas le abrí entró y se fue a sentar sin pedir permiso al sillón que está al lado de la ventana. 
Tenía expresión de enojo. Bueno, me dijo, decile a José que baje.  -"No está" le dije. Luego detallé lo que pasó a la mañana y le dí el sobre. Ella lo tomó bruscamente, miró el importe de cheque y comenzó a leer la carta.
Me dijo que efectivamente el clima está completamente loco y que eso afectaba a cualquiera. Además que acá en Tres Arroyos no llueve desde hace unas largas semanas entonces las plantas no sobreviven. Hasta se murió un perro rengo que no llegaba nunca a tomar agua de un vertedero en la plaza principal.
Ya eran las doce y Marisa seguía sentada mirando el cielo razo. Insistí con servirle un té de boldo pero me dijo que le daba gases y que prefería esperar. 
"¿Qué cosa esperás?" pregunte. "Me pasa a buscar Julián alrededor de las dos. Además, no puedo irme caminando".
A las dos en punto apareció un Torino rojo con vidrios polarizados. Era Julián. Entró, tomó de un brazo a Marisa, le dió un beso novelezco en la boca y se la llevó. Se fue el Torino y el cheque. La nota quedó tirada en el piso. La tomé con mis manos y al levantarme lo ví a José mirándome de la puerta. No decía nada. Entonces le conté de Marisa, de Julián que se la había llevado junto al cheque. Su cara no expresaba nada me saludo con la mano y se fue caminando. 
No era un mal hombre, pensé.
Me acosté agotadísima. El tema de la planta no me dejaba dormir.
La mañana me encontró cansada. Hacía dos días que no descansaba bien. Debía ser el teléfono o el timbre. O Marisa y Julián. O podría ser José que parecía tan bueno pero a quién no terminaba de entender. Sobre todo por la planta. No podía entender que él tuviera la planta.
Me trajeron el diario "La voz del pueblo" del domingo y lo tiraron en la puerta. Lo abrí y ví el acto de conmemoración por Malvinas. 
A veces no podía recordar nada. 
Y José se encargaba de recordar. Con nuestra maldita planta. Ahora la tenía él. ¿quién era José? ¿ Y Carmen?
Cuando era apenas un niño, se fue con gorro y de verde. Cuando volvió y sólo porque volvió la plantamos. Hace 27 años. Yo me fui hace 15 y volví. Sin saber quién era yo, y apenas sabiendo quién es José.
Cerré el diario y me preparé un té de boldo. Miré la heladera y la foto en ella pegada. Tres personas en una playa desierta y sus nombres escritos en la arena. Era Marisa y era José. Y Carmen.
Me puse los anteojos. Miré la foto y me miré al espejo.
¿Cómo estará la planta?


Foto: José Luis Gómez, uno de los ex combatientes de Malvinas en Tres Arroyos

A propósito de las SAD

Estos últimos días, los clubes son parte de la disputa ideológica que tiñe esta previa de ballotage presidencial. Frente a la reaparición de...