martes, 21 de abril de 2009

Manos y Contramanos

Av. Elcano es una conocida calle de la Ciudad de Buenos Aires. Muchos de nosotros la ha caminado o navegado en diversos medios de locomoción. Pero como toda calle, hasta la misma Rivadavia, se corta. Allí, donde Elcano se cae me suelo encontrar habitualmente generando mi sustento. Es un lugar terriblemente inóspito. No se sabe realmente su localización. Puede que sea Paternal, o Agronomía o Chacarita.
Al final de la avenida que nos convoca hay un paredón. Y árboles que se asoman tras él. Nunca me queda claro que es ese muro. No porque no se sepa, sino porque no logro aprender qué es esa institución que coquetea por su otra arista con el ex albergue Warnes (hoy Hipermercados asociados SA).
Hace un largo tiempo ya que están construyendo un túnel. El túnel Punta Arenas, que conecta algo con algo. No es porque no se sepa, sino porque no logro aprender qué es lo que conecta.
En la mañana de hoy abrieron el esperado (¿por quién?) túnel. Las cintas de inauguración se desplegaron y el jefe de gobierno y su bigote conservador desplegaron un sin fín de tijeretazos de oro y diamante. Mucho por la proximidad electoral y por el concepto de "desarrollo urbano". Era tan monono como el obelisco iluminado con la frase "jugá limpio" o como la mujer que sigue durmiendo impunemente sobre la 9 de Julio.
Pero no todo son rosas. La existencia de ésta nueva obra generó la alteración de las manos y contramanos de dos concurridas (aunque escondidas calles). Paz Soldán, paralela hacia las vías del San Martín siempre fue mano hacia el Cementerio y Elcano siempre lo fue hacia el paredón incierto. Hoy, a partir de las once todo cambió. Se invirtieron.
Lo que era mano se convirtió en contramano y viceversa.
Mareos automovilísticos, vecinales y animales.
El amanecer de la tarde diaria me encuetra paseando por Paz Soldán, Elcano, Avalos y por qué no Punta Arenas. Salgo en mi horario de almuerzo de ese tupper en que se transforma mi día para poder respirar sol y nubes. O simplemente para respirar.
Mi sorpresa fue mayúscula al ver el caos. Los comentarios previos de quiénes lo habían vivido segundos nomás no logró opacar mi sorpresa.
La calle se encontraba llena de autos que nada sabían de manos. Ni de contramanos. Los vecinos asomados y más de uno en reunión vecinal comentando la circunstancia actual. "Si siempre fue mano para allá, cómo es posible que los autos vayan de otra manera. Entonces cambiaron la mano... y ahora qué hacemos?".
Un colectivo 78 sobre Paz Soldán estrenaba mano cuando se encontró de frente a un hermano 78 que hacía el camino de vuelta por el mismo lugar que él hacía de ida. El chofer correcto se detuvo y sacando medio cuerpo desde su ventanilla explicaba con efusivas señas el nuevo recorrido al chofer equivocado.
Mientras todos iban correctamente sobre Elcano en su nueva versión, todos los autos estacionados estaban incorrectos. Estacionados en contra. ¿en contra de quién? ¿en contra de qué? Y pensé en cómo lo correcto y lo incorrecto puede cambiar de un momento a otro y simplemente por una flecha. ¿será así siempre? ¿será así con todo?
Ya mareada, habiendo caminado sólo algunas cuadras a la redonda llegué al túnel. Tenía mano y contramano. Y estaba vacío. Algún que otro auto pasaba casi pidiendo permiso. Olor a nuevo y a desarrollo urbano. Olor a huevo y a desarrollo en Urano.
Era la hora de volver. Siempre que vuelvo por Elcano desde Punta Arenas vuelvo contramano. Hoy, y luego de la transformación vial, vuelvo mano.
¿Cómo nos modifica una mano o una contramano? ¿porqué creer que un cambio tan sencillo como éste puede generar caos en un vecindario escondido? ¿cómo desacostumbrar al cuerpo de las manos y contramanos? ¿Y a la mente?
Un señor X dice correcto o incorrecto. Y todos cambiamos la concepción de lo que se debe.
La manos y contramanos saben de ello. Y nosotros también.

sábado, 4 de abril de 2009

Ochentaydos


Me levanté cansada. Hace dos días mientras intentaba descansar sonó el teléfono. Era un señora preguntando por José. Le dije que se había equivocado que no había ningún José en la familia. Cortamos. Sonó nuevamente y la misma señora insistía con hablar con José.
Yo, con mi mejor predisposición, le dije que se había equivocado y que no había nadie llamado así. Le consulté el número de teléfono y era exactamente el mío. Le aseguré que tenía mal el número y que por favor no llame más. Con mala disposición me dijo que era todo muy raro pero que dejaría de llamar y que le informara a José que Marisa lo estaba buscando por el temita del dinero.
Sólo por no contrariarla y porque tenía ganas de dormir le dije que estaba bien, que si lo veía le iba a decir. Pude conciliar el sueño alrededor de las dos menos veinte. Fue la última vez que miré el reloj despertador.
Me despertó con el sonido del timbre. 
-¿Quién es? 
- José. 
Sorpresa. 
Recordé el llamado de ayer. ¿Será ese José? Me asomé por la ventana y le pregunté que necesitaba. "Es por lo de Marisa" me dijo y continuó: "hablé con ellos y me dijo que Marisa quiere que te deje el dinero de la planta. Parece que no quiere verme pero no me importa, hace tanto tiempo que no la veo que no me preocupa demasiado".
Por cortesía le dije que estaba bien, que me deje el dinero a mí que yo me ocupaba.
José era de mediana edad, calculo de unos cincuenta años. Estaba muy bien vestido. Los zapatos eran una especie rara de mocasines con tiritas en color beige oscuro. Muy típico de los Josés.
Pasó el dinero por debajo de la puerta y se fue caminando lento hasta la vieja camioneta.
Subió y se fue.
Tomé el sobre y lo abrí. Encontré un cheque de quinietos pesos diferido a julio. Estaba a nombre de Marisa Gómez. Además había una nota escrita en mayúscula de imprenta que rezaba:
"Carmen: te dejo la plata de tu planta. No era necesario que Marisa me llamara para pedirla. Te iba a traer el cheque en cualquier momento. La planta está bien, sólo un poco mareada con el clima. Viste como está todo, somos invierno y hacen treinta y cinco grados. Llamó Luis pidiendo por vos, le dije que estabas de viaje unos días buscando nuevas especies. Creo que no me creyó. Es más que obvio que Julián le contó todo y sabe que te viniste a Tres Arroyos. Saludos. José"
Guardé la carta en el primer cajón de la cómoda.
Mi día transcurrió como de costumbre. 
Alrededor de las diez de la noche suena el timbre nuevamente. 
Era Marisa. No me costó reconocerla ya que golpeaba la puerta pidiendo por José. 
Apenas le abrí entró y se fue a sentar sin pedir permiso al sillón que está al lado de la ventana. 
Tenía expresión de enojo. Bueno, me dijo, decile a José que baje.  -"No está" le dije. Luego detallé lo que pasó a la mañana y le dí el sobre. Ella lo tomó bruscamente, miró el importe de cheque y comenzó a leer la carta.
Me dijo que efectivamente el clima está completamente loco y que eso afectaba a cualquiera. Además que acá en Tres Arroyos no llueve desde hace unas largas semanas entonces las plantas no sobreviven. Hasta se murió un perro rengo que no llegaba nunca a tomar agua de un vertedero en la plaza principal.
Ya eran las doce y Marisa seguía sentada mirando el cielo razo. Insistí con servirle un té de boldo pero me dijo que le daba gases y que prefería esperar. 
"¿Qué cosa esperás?" pregunte. "Me pasa a buscar Julián alrededor de las dos. Además, no puedo irme caminando".
A las dos en punto apareció un Torino rojo con vidrios polarizados. Era Julián. Entró, tomó de un brazo a Marisa, le dió un beso novelezco en la boca y se la llevó. Se fue el Torino y el cheque. La nota quedó tirada en el piso. La tomé con mis manos y al levantarme lo ví a José mirándome de la puerta. No decía nada. Entonces le conté de Marisa, de Julián que se la había llevado junto al cheque. Su cara no expresaba nada me saludo con la mano y se fue caminando. 
No era un mal hombre, pensé.
Me acosté agotadísima. El tema de la planta no me dejaba dormir.
La mañana me encontró cansada. Hacía dos días que no descansaba bien. Debía ser el teléfono o el timbre. O Marisa y Julián. O podría ser José que parecía tan bueno pero a quién no terminaba de entender. Sobre todo por la planta. No podía entender que él tuviera la planta.
Me trajeron el diario "La voz del pueblo" del domingo y lo tiraron en la puerta. Lo abrí y ví el acto de conmemoración por Malvinas. 
A veces no podía recordar nada. 
Y José se encargaba de recordar. Con nuestra maldita planta. Ahora la tenía él. ¿quién era José? ¿ Y Carmen?
Cuando era apenas un niño, se fue con gorro y de verde. Cuando volvió y sólo porque volvió la plantamos. Hace 27 años. Yo me fui hace 15 y volví. Sin saber quién era yo, y apenas sabiendo quién es José.
Cerré el diario y me preparé un té de boldo. Miré la heladera y la foto en ella pegada. Tres personas en una playa desierta y sus nombres escritos en la arena. Era Marisa y era José. Y Carmen.
Me puse los anteojos. Miré la foto y me miré al espejo.
¿Cómo estará la planta?


Foto: José Luis Gómez, uno de los ex combatientes de Malvinas en Tres Arroyos

martes, 24 de marzo de 2009

Cromosoma 21

Como cada año, como cada 24 y como cada momento en el que uno camina con libertad por la calle, compartí con numerosas personas el recuerdo de nuestra triste y trágica historia.
Fue el 76 y fueron otros muchos años, antes y después, en donde la sociedad ha sufrido el reflejo de lo que ella misma es. Y ese reflejo produjo y produce innumerables consecuencias que entristecen la realidad de lo que somos y de lo que construimos.
Hoy podemos decir, podemos opinar, podemos sentarnos en medio de la calle y gritar. Y gritarnos.
Aunque parece que estamos incapacitados de saber que decir o que opinar o que gritar.
No somos la sociedad de hace 33 años atrás, no lo es el contexto.
Habiendo nacido en el 78, casi junto con el Mundial, y no habiendo tenido vínculo ni riesgo de perder mi identidad, como sí lo han hecho muchas personas de mi edad, no soy siquiera parecida a quienes han nacido hace diez años, o a quienes lo hicieron hace veinte, respecto del marco social que me ha acunado.
La sociedad, nosotros como sociedad, no somos los mismos de antaño.
Pero la intolerancia, la falta de comunitarismo, el no te metas y la discriminación no cambio.
Recién amanecido el 24 de Marzo, sale León Gieco al escenario. Pero no sale sólo, lo acompañan muchas personas que bailan, cantan, tocan instrumentos y sonríen. Personas que no vamos a ver habitualmente a un recital. Personas en sus sillas de ruedas, personas con distintas caras algo achinadas por su desarrollo genético, personas que no ven y otras que tiene limitada su capacidad de aprendizaje o de habla.

El Síndrome de Down es una alteración genética que se produce en el momento mismo de la concepción, al unirse el óvulo y el espermatozoide. Es causado por la presencia de una copia extra del cromosoma 21 (o parte del mismo), en vez de los dos habituales (trisomía del par 21), caracterizado por la presencia de un grado variable de retraso mental y unos rasgos físicos peculiares que le dan un aspecto reconocible. La causa que la provoca es, hasta el momento, desconocida. Cualquier persona puede tener un niño con síndrome de Down, no importa su raza, credo o condición social.
Tenía algo de cuatro años cuando les pregunté a mis padres mientras mirábamos un programa sobre niños con "síndrome de down" en la tele blanco y negro. "¿Así es Gustavo, no?" Ellos me miraron y me dijeron. "Si". Fue mi propia revelación sobre mi hermano. Me levanté y me fui a la cama solita.
Tenía Gustavo 5 años cuando andaba de la mano de mi mamá paseando de jardín en jardín para que le acepten la vacante. "Señora, se le nota en la cara, vamos a tener quejas" mientras cerraban las puertas, una tras otra, hasta que un pequeño jardín lo aceptó.
Tengo yo 30 cuando mis padres tuvieron una reunión con los coordinadores del taller protegido de Palomar en donde trabaja con el cuero, hoy Gustavo a sus 26, para decirles que éste trabajador "protegido" estaba bajando su productividad y que se evalúe la posibilidad de hacer estudios neurológicos invasivos para observar la causa, cuando había sido rechazado por su propio neurólogo y su terapeuta. "Presión de los de arriba" fue la excusa.
La memoria no deja de ser la base del 24 de Marzo, pero se transforma, se transforma como lo hace la sociedad. La aceptación del que piensa diferente, del que es diferente. Del que cree en algo distinto. La intolerancia con el otro. No aceptar otras opiniones ni otras caras. La discriminación por la postura política, la ropa que se usa, por el dinero que se tiene o por la condición sexual.
No hay memoria sino hay aceptación. No hay memoria si hay impunidad. No hay memoria si hay discriminación e intolerancia. No hay memoria sino se construye y si caminamos al lado de genocidas. Y no hay memoria si una sociedad se plantea la pena de muerte cuando es ella misma la que provoca lo es.
Parecía en principio no entender a León que nada dijo sobre el Golpe. Pero él lo entendía a la perfección. Las ideas son las mismas. Sólo cambian el vestuario.


Foto: Cromosoma 21 duplicado

lunes, 9 de marzo de 2009

Entrevista

La cámara de televisión enfocaba directamente la cara de pocos amigos de Marcelo.
No había tenido mejor idea que ir a contar su historia al programa de la tarde, esos que tienen por objetivo develar las historias mas turbias de la gente.
El conductor sentado mesa de por medio insistía en preguntarle cómo se sentía al respecto. Le hacía algunas preguntas.
"Contanos Marcelo, cómo es que empezó todo ésto"
a lo que él respondía "Mirá, no es un tema del que quiera hablar, pero debo reconocer que la culpa fue de ella... " mmmm... "duro, muy duro debió haber sido..." repetía apenadamente el conductor haciendo una actuación digna de un Martín Fierro.
"Yo estaba sentado en la mesa para seis jugando con el menú y de repente tuve que decidir.... no me era sencillo hacerlo con la respiración del mozo sobre mis espaldas.." continuó Marcelo secándose la frente llena de transpiración con un pañuelo blanco.
"Vos estás diciendo entonces que tu decisión fue incitada, coaccionada, impulsada por el mozo?... ojo con eso Marce, lo que estás diciendo es una acusación muy seria..."
Tanda.
Música y primer plano de Marcelo con cara de preocupación.
En el corte publicitario el conductor se fue al baño. Marcelo se quedó sólo en el decorado y mirando a su alrededor. ¿Era necesario contarlo frente a las cámaras?
El color blanco y azul que lo rodeaba le parecía algo irreal.
Aire.
"Nos contabas, querido amigo, que la decisión a cerca del menú fue lo que provocó tu compleja situación..."
"No, por favor te pido, que no se cambien las palabras que digo... (acentuó indignado), el momento con el mozo no lo provocó lo que sí lo hizo fue mi próxima decisión. Lo que me llevo a ésta situación fue... fue.. uf, disculpen, casi que no puedo nombrarla... fue... la empanada de carne cortada a cuchillo."
Silencio.
El estupor era generalizado. Marcelo agachó su cabeza. Los teléfonos comenzaron a sonar incansablemente. El público presente pronunció un leve "uhh". El conductor entonces giró hacia la cámara, miró fijo y se despidió "...nunca es sencilla una confesión tan cruda frente a la cámara. Desde aquí, agradecemos a Marcelo que nos haya elegido para contar su historia..."
Corte.

martes, 24 de febrero de 2009

Cera, maní, paraguas y bichos bolitas

Ya no queda nada de tiempo para encontrar la respuesta a la pregunta mas preciada.
Estamos a punto de encontrar la respuesta y sin embargo metemos la cabeza adentro de la tierra como lo hace cualquier aveztruz.
Descreo de la palabra cuando se dice por obligación.
Odio los hombres que parecen saber todo y entender todo.
Odio las respuestas encontradas porque es el camino más fácil.
Odio cuando la vela se me cae del platito y mancha el mueble.
El problema de ello es esperar a que se seque. Lo mismo pasa con la cera depilaria.
Si nunca se te cayó un poco de cera caliente en el piso, no sabés nada de la vida.
La cera necesita enfriarse para lograr despegarla como entera. Sino esperas que se seque el problema se convierte en insolucionable. No hay manera lógica de dejar limpio el punto exacto donde cayó la cera si aún ésta está caliente. Todo se transforma en una pasta imposible de unificar. Y te queda pegada en los dedos. Sea cera de vela o de pelos.
Odio los maníes cuando se transforman en piel.
No hay manera de encontrar un maní en medio de un recipiente lleno de cáscaras.
Lo peor es que si lo encontrás, primero debés comerte las cáscaras que quedan adosadas en los dedos. O soplar. Soplar para que vuelen.
Odio el encendedor que cuando se prende se apaga. Esos, que sacan llama enorme y la misma va casi inmediatamente impidiendo encender lo que se necesite. Y encima hacer una exploción casi sutil. Pluf. Y muere la llama. La llama se convierte en vacío y en imposibilidad de encender.
Odio el paraguas que llevás cuando llueve. Y si lo llevás, no llueve. Y si llueve hay viento y se da vuelta. Y tiene flores o es negro. Parece una sombrilla contra un sol inexistente. Lo perdés. En general queda perdido en la casa de alguien, en el colectivo o en algún lugar en donde la lluvia se conivirtió en sol. No sirve.
Odio el sol. Cuando sale y parece escupir rayos de calor sólo por autoridad. ¿Porqué el sol está mejor visto que la sombra? ¿Quién fue el cráneo que nos hizo creer que con el sol sonreímos y con la lluvia lloramos? No es necesario llorar con la lluvia, ya esta mojada. Es redundancia.
Y odio el bicho bolita. Porque se enrolla cuando lo tocás en vez de picarte. Un pacato.
Ya no queda nada de tiempo para encontrar la respuesta a la pregunta mas preciada.
¿El lanzamiento de jabalina es ilegal?

domingo, 15 de febrero de 2009

3 noches, 3 historias (crónicas de viaje)

Contar las cosas que nos pasan puede llegar a ser algo aburrido y si nos ponemos a hilar fino, hasta algo egocéntrico. Esto es así ya que uno presupone o da por sentado que a alguien le puede interesar la vida que uno vive o revive.
A pesar de lo expuesto, y no sólo por egocentrismo sino también por testarudez, quién escribe insiste en contar situaciones vividas.
Si hay algo que he aprendido éstas últimas décadas es a ser testaruda. Si en el eje de mis ojos se presenta algo de interés, ese perdió (o ganó) puesto que mi testarudez en periódo de apogeo obliga a la pérdida energética casi total de la víctima; sea persona, cosa o viento.
Tanta perorata agotadora tiene por objetivo presentar la hipótesis de la sorpresa como medio de descubrimiento y de cómo el punto en el que todo parece malo o de mala suerte puede convertirse en un espacio de sonrisa y disfrute.
A continuación tres noches seguidas de sucesos teñidos de mala suerte en un tipo de mirada pero divertidos a otra. Nunca me sentí sin suerte sin embargo.

Febrero, noche del 6 al 7, Río Colorado (Límite entre La Pampa Y Río Negro)
Llegar a un pueblo desconocido luego de caído el sol sienta a uno en un mar de dudas a cerca de de la ubicación del mismo. Porque nada se ve. En general, uno ve desde la ruta el camino de entrada y un cartel que dice según el gusto (o mal gusto) de sus integrantes, el nombre. Existen innumerables tipos de cartel. Algunos son como arcadas de metal con el nombre escrito arriba, otros estan hechos monumento en una plazoleta, a veces son un cartel en medio de la calle y otras el nombre se forma con flores. He visto algunos que ni siquiera tienen nombre, pudiendo deducirlo gracias al almacén de la ruta que reza "Almacén Las Rosas" y uno, que cree ser inteligente por ésto se dice: estamos en Las Rosas.
Así llegué entonces a Río Colarado. Me recibió un cartel de cemento en el piso que afirmaba serlo.
La noche entrada en estrellas parecía darle un tinte de más perdido de lo que sería en realidad. Necesitaba ir al baño y descansar. Y por qué no tomar una cerveza. No hay pueblo por más pequeño que sea que no tenga un barsucho en donde hacerlo. Hasta hoy. El centro consta de tres cuadras que desembocan en una plaza con asientos al revés. Sería algo complejo de explicar y no tendría sentido hacerlo. La plaza tenía una calesita a donde no parecía haber nadie para dar vueltas, ni siquiera alguien que la haga funcionar, aunque salía música folcklorica extremadamente alta. Nunca entedí de donde y porque esa música en una calesita. Hacia el otro lado de las tres cuadras una pequeña plazoleta lindante con una vía de tren. Un tren que tal vez no existe.
Las posibilidades certeras de descanso, de pis y de cerveza estaban acotadísimas. Ya eran las once y media y ese pueblo de frontera era un fantasma, tal vez ni siquiera era real.
Un kiosco en una esquina alentó mis energías. Entré y parecía un kiosco de ciudad. Pedí unas toallitas descartables (llámese "Carilinas") y con extremo lamento, la señora me dijo que se había quedado sin ellas. Raro pensé. Acto seguido me informó de la desgracia. Parece que había muerto un joven conocido durante el día. La gente triste, había abarrotado el kiosco citadino para hacerle honor a sus lágrimas. Sold out. Con razón no había nada abierto. Salí de allí y me detuve en los negocios y tenían carteles de "cerrado por duelo".
Era el colmo de la desolación. LLegar a un pueblo en el medio de la nada, un pueblo que no tiene nada y encima que esté de duelo. El extremo de la nada misma.
Casi de última agaché mi cabeza y a la distancia vi unas mesas lejos de la calle principal. Caminé hacia allí. "La casa del reloj". Y abierto. Era el oasis en medio del desierto. Me senté y pedí cerveza y fui al baño. Descansé y me nutrí de la historia del reloj y de los relojes colgados por toda la pared. Eran monótematicos con el reloj. ¿Tendrían un problema de tiempos?
Fantasmas, duelos, realidades y cerveza fría.

Febrero, noche del 7 al 8, viaje desde Bahía Blanca a Mendoza capital
Mi abuelo era lechero. Se llamaba Eusebio Fernández. Nació en las montañas. En Andalucía. Arreaba ganado bovino y no sabía demasiado leer y escribir. Nunca pudo pronunciar semáforo ni hormiga. Le salían mal. No lo viví muchos años, mi recuerdo es lejano. Tenía grandes orejas y escupía los dientes cuando tosía. Tal vez no siempre, sólo es mi recuerdo. Se vino de España y continuó su tarea de "pastor" vendiendo leche. Tenía un carro y llenaba las botellas de vidrio que ubicaba cuidadosamente en cajones. Paraba en cada casa y dejaba el desayuno en el barrio de Caballito y en otros más. Todavía queda en la casa paterna el termómetro que usaba para saber la temperatura de las botellas. Una reliquia, parece.
Hoy no existen más los lecheros en Caballito, y casi que en ningún lado. Claro, no ex
istían, hasta esta noche.
Me subí al micro que me llevaría a mi próximo destino. Salió cerca de las nueve de la noche. Apoyé mi cansado cuerpo en la butaca y me preparé mate. Mi compañero de viaje era de lo mas antipático que he visto. Lo único que logré sacarle fue un hola bajito. Inconsciente de mi futuro en la butaca imaginé estar en unas horas en Mendoza. Error. Grave error. Era el único pasaje que conseguí, la única empresa. Pero nadie me advirtió lo que ocurriría.
Había logrado encontrar pasaje en el famoso micro "lechero". Definición: Dícese del micro de larga distancia que va por absolutamente todos lo pueblos y se caracteriza por ir descargando y cargando pasajeros de la misma manera que lo hacía mi abuelo en Caballito con las botellas de leche llenas y vacías. Te ganaste la lotería.
Noté ésta particular característica ya a los pocos kilometros cuando paró en Gral. Daniel Cerri. Al rato algo mas largo, con mi mate ya lavado se detuvo en Chasicó. Ya de noche aunque aún en Buenos Aires, paró en Villa Iris. Subió y bajó bastante gente, imaginé una ciudad importante para la zona. Está cerca de la frontera con La Pampa. Tal vez sea eso.
En La Pampa no hay mucha población, eso no es secreto de estado ni mucho menos. Tampoco hay muchos pueblos en comparación con otras provincias. Sin embargo, todos los existentes fueron parada de mi querido lechero.Gral. San Martín, Bernasconi, Perú, la famosa capital Santa Rosa y Eduardo Castex que no tiene nombre de pueblo sino más bien de escribano garca. Y Realicó. Dejamos La Pampa, muy poco humeda según se cuenta por ahí. A todo ésto la gente se lavantaba, sonaba el celular, buscaba su butaca y hacía un carnaval entrerriano.
Coqueteamos con Córdoba y su Villa Huidobro. Mi compañero dormía como si le hubieran pegado un masazo en la cabeza. Y no decía nada.
San Luis, la tierra de los Saa nos acompañó con sus paradas en Justo Darak, en Villa Mercedes y en el propio San Luis. Allí pude bajarme y recorrer. La mañana sanluiseña me afirmo que llegaría a cualquier hora a destino, pero no me importó.
El Río Desaguadero divide San Luis de Mendoza. Río pobre como el pueblo.
Visitamos en mi provincia destino La Paz, La Dormida, San Marín y ya en la autopista citadina Maipú, Villa Nueva y Godoy Cruz. Y llegamos a Mendoza. Casi que no reconocí a nadie que había salido conmigo en Bahía Blanca. Todas eran caras nuevas. Todas, menos la de mi compañero de butaca que ni siquiera me dijo chau.
Por un momento, mi abuelo y yo fuimos lecheros. Y lo disfruté.


Febrero, noche del 8 al 9, viaje de Mendoza a San Rafael y San Rafael
Copiloto es mi segundo nombre. Me llamo Gabriela Copiloto Fernández. No sé porque nunca acopañé a algun piloto de TC o de Rally y aún no sé porque no hay una carrera universitaria que se llame "Licenciatura en Copilotía". Amo los mapas, la noche en la ruta y el mate nocturno hecho en la oscuridad con repasador sobre las faldas y haciendo malabares para servir el agua sin tirar nada afuerta. El micro y la copilotía no van de la mano. Uno es como una tribu de dormidores compulsivos babeándose algo desgarbados en una butaca usada por miles y miles de viajantes.
El micro a San Rafael era hermoso, no por nuevo sino porque era todo de madera y telas en las paredes y cortinitas. Parecía de otra época. Me senté en el asiente 50. Mucho sol pero no cerraba las cortinas para ver el paisaje. Los choferes, mendocinos graciosos, le hacían chistes a todos y no fui la excepción. Fui a preguntarles por una ubicación a ver si podía cambiarme y me negaron la posibilidad. Todo bien, igual. El no siempre está. Se los escuchaba reir por el pasillo que daba a la ca
bina. Se divertían.
Yo, en mi asiento. Luego de diversas paradas. Pararon en San Carlos. Se detuvo más de lo normal y se veía un movimiento raro. A lo lejos espiaba a los dos choferes con gente de la empresa y una señora con una nena hablando efusiva y desesperadamente. Se acerca uno de los dos choferes hasta la puerta y me hace señas que vaya. Yo? pregunté (con señas) Sí, sí y con la mano flexionando hacia arriba me indicaba que baje del micro y que vaya. Miré a mi alrededor y me volvió a afirmar con la cabeza. Bajé del micro y me acerqué al grupo de gente.
El problema: la señora, pobre señora casi con lágrimas en los ojos, tenía el pasaje que decía 7:35 y evidentemente interpretó que era de tarde y no de mañana. Y no había lugar. "No tengo donde quedarme, y estoy con mi hija" decía pendiendo de un hilo triste.
¿Adónde entraba yo? Parece que tengo cara de mina copada me dijeron.
La propuesta: Ceder el asiento mío a la señora con su hija y yo irme a la cabina con los choferes. Pero sólo si quería, porque ya tenía mi butaca paga.
Y yo, soy Gabita Copiloto. Cómo he de negarme? Les dije que no había problema, que cedía mi asiento a la mujer desgraciada. Mudé mis pertenencias, pasé por el pasillo que antes veía y mientras escucha a la señora diciendo "gracias, gracias" me senté en el asiento de copiloto. Ya era de noche. Mis nuevos amigos, agradecidos, me dieron los mejores servicios. Asiento cómodo, mate, un pucho si quería y alfajores varios. Charlamos, contamos las vidas de cada uno y pasé las próximas tres horas en la cabina de los choferes. Y ahora reía yo. Y tomaba mate mientras miraba las estrellas que se avalanzaban sobre la ruta para regalar naturaleza.
Llegamos a San Rafael, parece que no hay demasiada onda entre los mendocinos y los sanrafaelinos. Historias, como las miles que me contaron. San Rafael es una ciudad enorme, no lo había imaginado así. Me decepcioné un poco. No quería tanta ciudad. Pero era de noche y nada había podido ver.
Y me bajé en la terminal. Pero no por la puerta que bajaban todos. No señor.
Bajé por la puerta del copiloto, como debía ser.
Prefiero noches de azar dudoso pero interesantes que noches con cola de conejo pero iguales a sí mismas.

A propósito de las SAD

Estos últimos días, los clubes son parte de la disputa ideológica que tiñe esta previa de ballotage presidencial. Frente a la reaparición de...