lunes, 1 de febrero de 2021

Lo que quiero hacer


 Unorthodox y The Queen´s Gambit son dos series en donde la protagonista es la búsqueda de lo que se quiere hacer siendo mujer en este mundo que por suerte va transformándose, aunque no en todos lados ni al mismo tiempo.

Dos mujeres, dos mundos y dos crianzas diferentes. Etsy, protagonizada por Shira Haas, es judía ortodoxa en Nueva York y  Beth (Anya-Taylor Joy) es criada en un orfanato para luego ser adoptada por un pareja en Kentucky. Ambas tienen una infancia con carencias afectivas, arrancadas por distintas circunstancias de sus madres y con una figura paterna difusa. 

Esty la criaron sus abuelos y creció aceptando e inmersa en las tradiciones jasídica en una comunidad llamada satmar. Ver las formas culturales no hacen más que angustiarnos y sorprendernos. La sumisión a Dios, el rol de la mujer que está completamente relagada a procrear hijos e hijas para suplir a quienes murieron en campos de concentración. Los hombres, abocados a leer y estudiar el Torá, rezan atándose ambos brazos y haciendo movimientos de péndulo con sus ojos cerrados. Los rituales son tan extremos que llegan a pelar a las mujeres al casarse para que usen una peluca que iguale y distinga a las casadas. El sexo vestidos, en la única posisión que Dios permite. Etsy ama la música y aprende a tocar el piano, aunque estaba prohibido.

Beth, por su parte, se cría en un orfanato luego de que su madre muere en un accidente automovilístico momentos después que le dice que no sabe qué hacer con ella y de ser rechazada por el padre de la niña. En el orfanato, aprende a vivir sola e inicia su dependencia a las drogas como consecuencia de los tranquilizantes que por esa época le daban a los niños y niñas. Silenciosa y displicente, empieza a aprender a jugar al ajedrez con el conserje en el sótano. Su necesidad de controlar por temor a perder, lo lleva a su don y llega al punto que con las drogas y su propia lógica crea una obsesión con el juego y hasta incluso desarrolla la capacidad de imaginar jugadas en el techo de la habitación. Los tranquilizantes la acompañan hasta que es mayor y se complementan con el alcohol. Beth es adoptada por una pareja que finalmente se separa y crea un lazo afectivo con su madre adoptiva quien la acompaña en su raid ajedrecística, viviendo ella la vida que nunca vivió.

Ambas protagonistas tienen un deseo de lograr lo que se proponen. Desesperadas por salir de los lugares que la vida las dió, Etsy se escapa a Berlín para estudiar música y Beth logra una vida sin carencias haciendo lo que le obsesiona. 

Las series van contando las historias y nos llenan de desafíos, de angustias, de ansiedad, de alegría. Las acciones de ambas mujeres nos van demostrando que las estructuras con que nos formamos son susceptibles de modificación aunque requieran dolores en el camino. La intensidad es convertir la música o el ajedrez en motor para trascender lo que se es para transformarnos en lo que se quiere ser. La voluntad y el deseo frente a los mandatos sociales, culturales y económicos. La búsqueda de sanar las heridas para vivir como se elige vivir. 

Es sorprendentemente bello ver las miradas de cada papel, en cómo expresan la vida compleja, el dolor de lo que les tocó, la pérdida, la falta de amor. Pero es más impactante la forma gélida de sus expresiones frente a ese dolor, frente a las situaciones complejas, el cómo de forma inmutable continúan al camino del deseo, de creer que hay que hacer. 

Dos mujeres tan frías como intensas, que no expresan dramas sino una fortaleza exquisita. Sus manos, sus pequeños cuerpos, su vestir tan disímil entre sí como puede serlo.

Etsy y Beth, logran sobreponerse a la realidad construyendo una nueva realidad. Y lo mejor de todo es que esa nueva realidad es la eligen y es la que defienden, con uñas y dientes.


UNORTHODOX 

Netflix - 2020

Directora María Schrader


THE QUEEN'S GAMBIT
Netflix - 2020

Director: Scott Frank


jueves, 28 de enero de 2021

Titilar


Ellos solían mirar hacia el cielo. 

Lo hacían por horas, mientras trataban de encontrar estrellas nuevas. Se les hacía muy difícil porque cada noche titilaban otras distintas.

El titilar de las cosas hace a la intermitencia y permite estar y no estar en apenas segundos. Para ellos ese titilar era irreal porque no había ausencia. 

En la noche comprendían que el cielo era lo que les daba razón a estar. Cuando las nubes tapaban todo, ellos seguían mirando sólo porque de noche tienen un color distinto al de día. Ese color indefinido pero nunca blanco o negro les inspiraba el deseo de la lluvia para que vuelvan las estrellas y  que la oscuridad clara les volviera las estrellas que titilan.


No es el cielo, es la permanencia de las cosas por sobre todo lo que titila.

Y la permanencia no es necesariamente estática. Es ser. Siempre.


Ellos solían mirar hacia el cielo. 

miércoles, 27 de enero de 2021

Mario

Me contactaron de él  y resulta que vivía a 20 cuadras de mi casa. No nos vimos nunca pero la pandemia nos encontró hablando de pandemias y pensando en cómo seguir dándole formas a las formas.
Lo vi hoy por primera vez y era casi igual a como me lo había imaginado. Alto, canoso, con un andar lento y pensativo. Solo pude ver su mirada porque el resto era barbijo. Y encontré mucha vida vivida. Vi el cansancio y el recuerdo; esos viejos ojos de quien vio y quiso ver. Sus arrugas adornaban su mirada y su hablar era  tranquilo pero distraído. Tuve la sensación que no le importaba nada de lo que le decía. Pero me respondía, aunque con cierta obligación.  Dejé de hablar, tratando de que  el silencio le genere comodidad.
Caminamos apenas unas cuadras. En sus manos había una carpeta llena de papeles que no sabía del todo para que eran. Tampoco le importaba saberlo. 
Cruzamos dos palabras más y entramos a destino. Para mi sorpresa, saludó muy simpáticamente a quien nos recibió y se alegró del aire acondicionado. Toda una revelación. Mientras esperamos a que nos toque el turno de ser atendidos, empezó a contar algo de sus historias. Las recientes y las pasadas. Empezó a recordar y a dejar claro que ya no quería obligaciones. Me contó de una pileta nueva producto de no poder vacacionar y me contó que nadó ayer a la 1 de la mañana. Cuando callaba, lo volvía a vivir. Nadaba otra vez.
Al rato nos atendieron pero mientras nos decían que hacer, él solo recordaba historias incentivadas por el contexto.  En ningún momento estaba en ese lugar, estaba donde sus ojos expresivos miraban. Un tiempo que ya no es y que no será.
Habló con la gente de apellidos y cuando le preguntaron qué hacía fue tan escueto como conciso. Entonces lo invitaron a pasar y a beber una gaseosa fresca.
Me quedé ahí parada y terminé lo que vinimos a hacer. Me acerqué adonde estaba, dejé las cosas y le avisé que me iba. Quiso venir conmigo, pero le dije que no era necesario porque  en ningún momento imaginé cortarle sus recuerdos y mucho menos su coca fresca.
Me fui con su imagen a mi cabeza: sentado, con sus piernas abiertas y cruzadas, apoyando el lado externo del talón de la pierna derecha sobre la rodilla izquierda. Recostado en una silla cómoda y detrás del vidrio. 
Una hora más tarde, veo un audio con una voz distinta a la que había conocido recién, que dice “Recién salgo, yo no se porque me invitaron a charlar y a tomar algo, para mi estaban aburridos. Gracias por acompañarme y estar”. 

No pude más que sonreír. Me gustó conocerlo  e imaginar ahora sus ojos contentos, llenos de recuerdos y con un profundo deseo de nadar en la nueva pileta. 


domingo, 15 de noviembre de 2020

Flores celestes

Después de las salida del sol, después de la mañana, después del camino caminado, hay un árbol con hojas verdes que se colorean de rojo cuando arranca el otoño. Las hojas no se caen, porque no pueden tocar el suelo mientras el otoño convierte los suelos en caminos de hojas que no quieren caer.

No hay lugar para las mañanas de otoño cuando no hay hojas.

Antes de la salida del sol, antes de la mañana, antes del camino caminado, hay una flor chiquita de color celeste que de tanto ser despierta la primavera. Y son ellas, las flores mas pequeñas las que se desvisten para producir frutos y futuro.

Hay lugar para las mañanas de primavera cuando hay flores desvestidas.


Ella esta sentada, corta pétalos celestes y pisa las hojas que no caen.

Luego se va, para volver adonde nunca se fue.

sábado, 5 de septiembre de 2020

El seguro

 

Sabía que levantarse cada mañana mientras esperaba el caer de las pocas gotas que salían de la canilla oxidada, no era un desafío. Era pensar que debía hacer exactamente lo mismo cada día, cada hora, cada pasar del tiempo. De mediana edad, canoso, alto y flaco por la mañana se vestía con un pantalón marrón medio aviejado, una camisa amarillenta y una campera negra. Caminaba cuatro cuadras hasta el bar de la esquina en la avenida. Se sentaba en la misma mesa de siempre y Rosa le alcanzaba su café con leche con tostadas. Las untaba con mermelada mientras miraba por la ventana. Los autos pasaban, iban y venían. Le gustaba verlos mientras terminaba su desayuno. La idea de estar detenido mientras todo estaba en movimiento le generaba la imperiosa necesidad sentirlo.

Miraba el reloj siempre a la misma hora, dejaba el dinero bajo la taza y se iba a trabajar. La jornada en su oficina era monótona pero segura. El departamento estaba a unas cuadras del bar, era un primer piso contrafrente. En la puerta tenía el cartel de productor de seguros.

Empezaba su tarea a las diez en punto, nunca antes, nunca después. La oficina estaba venida a menos, poca luz, un cuadro de un paisaje pampeano, un cuadro de un santo y su certificado de productor. A eso de las diez y media empezaba a sonar el teléfono. Atendía displicentemente pero seguro. Describía el servicio y pasaba presupuesto. Así varias horas. No paraba para almorzar pero tampoco trabajaba todo el tiempo. Por momentos miraba la única planta que nunca se marchitaba. Se mantenía bella, llena de vida. El se acercaba y metía un dedo en la tierra. Si estaba seca, iba al pequeño baño llenaba un vaso blanco de plástico para regarla. Y la regaba. No pasaba día que no admirara su planta. Sentía una notable satisfacción de tenerla.

Luego de varias horas, se iba. Había vendido algunos seguros, resuelto un par de reclamos y planificado su día siguiente. Entonces volvía a su casa caminando, con la campera en le brazo y la sensación que mañana sería muy parecido. Estaba seguro.

La rutina de la tarde consistía en llegar a su casa, prepararse un mate cocido mientras escuchaba radio. Leía algún libro o veía algo de televisión. Los martes y viernes hacía las compras. Tenía una lista que repetía y le permitía asegurar sus provisiones para las semana. Ya a las ocho, cocinaba su cena y a las diez estaba en la cama mirando alguna película. Le gustaba las policiales, las de misterio a veces algún que otro documental. Así terminaba su día. Conforme y seguro de todo lo que fue su día y sabiendo como sería el de mañana.

No mucho más de las doce se quedaba dormido. Pero antes, apagaba la televisión.

viernes, 28 de agosto de 2020

Que añito, Teté.

Se termina Agosto. Qué añito, Teté. El único consuelo es que más o menos todes estamos con el mismo año. Tengo unos días horribles. No tengo ganas de vincularme positivamente con nadie. Miro mi celular y veo quien habla y me dan ganas de ladrar, cuál perro enfurecido. Lo peor es que sin motivo. Mi vida es tan predecible que más de uno y una podría afirmar que estoy haciendo a las 15 hs. Detesto estar expuesta de esa manera. Sí me gusta exponerme en mi cara graciosa y ocurrente, en mi faz de ir en contra de lo que la mayoría quiere o en decir un chiste. Y también me gusta ser un secreto indescifrable que siempre tiene algo más de lo que dice ser y hacer. Lamento mis días telarañas como suelo llamar a mis días oscuros. Disfruto en la oscuridad, no vaya a ser cosa de mentirme y mentirles. Disfruto las cosas porque hurgo en mi propio yo, disputando ideas propias y evaluando ideas ajenas, dudando de todo y sintiendo hasta la más chiquitita de las sensaciones.

Y en esa oscuridad de telaraña, de secretos no secretos y de exposiciones no expuestas, transito el Agosto que termina. Enojada con vos que nada tenés que ver, o con vos que todo lo tenés que ver y con vos que no me conocés además de vos que conoces todo. Con vos que me mirás y vos que ni siquiera sabés que estoy ahí. 

No puedo terminar de comprender para qué escribo esto, tal vez porque sería mi justificación a todo lo que hoy no puedo abordar. Todo aquello que no acepto no ser o poder.

Justificación o no, el mundo esta cada vez más extraño, Teté.


martes, 25 de agosto de 2020

Malo, malísimo

 

A veces me siento a mirarlo y no puedo dejar de pensar en la vida que llevó.

Siempre tengo la sensación que fue malo, malísimo. Que hizo todo aquello que alguien no tiene que hacer. Me lo imagino joven y lleno de autosatisfacción, sabedor de la historia aristocrática de su pueblo natal. Me lo imagino ambicioso de dinero y de placeres. Para nada empático. Egoísta de lo que quería y dispuesto a todo para lograrlo. 

Lo veo paseando entre las mesas del viejo restaurante indicando quién tiene que hacer qué y mirando que todo sea lo que tiene que ser. Puteando y señudo. Con nada de indulgencia.

Otras veces  me lo imagino tan solo como si fuera un adolescente que no podía hacerse cargo de nada y que sólo hacía lo que hacía para rebelarse contra algo que ni él sabía.

Lo veo en su coches y sus casas, sin tiempo para disfrutarlo.

Veo tristeza e insatisfacción, éxitos y excesos. La idea de que todo lo grande que hacía, lo tiraba por la borda.

No tengo demasiado claro si es verdad lo que mi mente recorre, pero cuando lo miro, mientras sus manos siguen trabajando entre harinas, no dejo de volver a imaginar.

Hoy por primera vez lo escuché hablando que al final estaba bien todo lo que le pasó. Que es mejor así sino hubiera sido una locura.

Nunca termino de saber qué pasó realmente y tampoco quiero preguntarlo. 

Prefiero imaginar que era malo, malísimo, y que a veces me siento a mirarlo.


A propósito de las SAD

Estos últimos días, los clubes son parte de la disputa ideológica que tiñe esta previa de ballotage presidencial. Frente a la reaparición de...