Hoy estamos cumpliendo dos meses.
Cada día nos conocemos mas y nos entendemos menos.
O sea, la vida misma.
Nunca creí sentir algo tan grande y tan indefinido por una persona
Algo que desborda el pecho.
La puta, que groso.
lunes, 8 de junio de 2015
jueves, 4 de junio de 2015
Rookie. Crónicas de una madre.
Nacer y hacer nacer es una de las cosas más naturales que existe.
En ese proceso, la que hace nacer se convierte en madre, a
su vez convierte al hombre en padre mientras que el que nace se convierte nada
más ni nada menos que en persona.
(La madre y el padre ya lo eran, flor de ventaja)
Por lo tanto, la tarea del nacido es inmensamente más
compleja que la de la madre, que la del padre e incluso más compleja que todo
lo que uno pueda imaginar hacer en su vida.
Quien hace nacer, cree que su tarea es dificilísima. Lo es.
Pero la del nacido es peor.
Así descubrí porqué no recordamos nada de esa época de la
vida. Imaginen el nivel de frustración como ser humano si recordáramos que nada
podemos hacer sino a través de los padres o los que estén construyendo el ser.
No saber comer, hacer fuerza para hacer caca, expresar lo que se quiere. Nada de nada. Y para colmo de
males, es muy difícil que los padres entiendan todo adecuadamente, aunque
desarrollen la capacidad de entendimiento instintivamente.
Mucha complejidad la comunicación. (Otro motivo más para
olvidar.)
En ésta nueva tarea de ser padres e hijos, tampoco coinciden
la construcción del padre y de la madre. La mujer que engendra, viene
desarrollando mental y corporalmente el mundo propio y el de su hijo. Modifica
su cuerpo y su psiquis para convertirse en un ser que brinda y mantiene la vida
de su hijo. El embarazo enseña a dormir menos, modifica hormonalmente el cuerpo
con los efectos emocionales que eso provoca, otorga resistencia, concientiza
psicológicamente y actúa de freno para la vida habitual de la madre, la que
deberá modificarla al tener el bebé. El hombre por su parte, no sufre ningún
tipo de cambio físico, por lo tanto el cambio psíquico es más una característica
propia que un hecho. Hay quienes aceptan y se comprometen como si estuvieran
embarazados, otros que no terminan de entender los procesos y otros engordan.
Pero la dificultad cierta del hombre es, como dije anteriormente, que no le
pasa nada físico y no logra entender o en su piel el proceso de la madre.
Eso lo angustia o lo pone ansioso o lo aleja. O no le pasa
nada de todo esto, claro.
Las tres personas que participan en ésta cuestión de ser
padres e hijos, tienen características diferentes y por tanto cuando empieza la
interacción hay que adaptar los diferentes procesos que cada uno conlleva, e
intentar pasarla bien, aprender a ser lo que toca, educar, dar vida, enseñar
vida, seguir el amor, construir nuevos códigos, intentar ser feliz y serlo.
Este “contexto” que ha sido escrito en forma bastante
coloquial y que se encuentra lleno de teorías incomprobables, son parte del
proceso reinante que hoy transita mi mundo y desde dónde surgirán los textos de
“Rookie. Crónicas de una madre.”
En ellos vamos a encontrar experiencias para nada
coloquiales y vivencias para nada imitables que pueden servir de gran ayuda
para entender cómo el mundo rockero y ocioso (¿?) cambia al de pañales, llantos
y sonrisas de bebé.
martes, 21 de octubre de 2014
Cadena alimentaria: de ñoquis y mosquitos
Mientras uno está sentado esperando comer ñoquis, los mosquitos tienden a darse cuenta que la
inactividad humana tiene como ventaja poder posarse en pieles y poros.
Si posarse fuera la única circunstancia no habría mayor
problema. Pero lamentablemente, ningún mosquito tiene una visión filosófica del
humano y su actividad.
El mosquito pica y se deleita absorbiendo sangre
inactiva. Perdón, activa.
Porque el cuerpo espera en quietud, pero la sangre
fluye. Se mueve por venas y arterias.
Nunca esta quieta. La sangre no espera,
no puede. El mosquito tampoco. Y para nada le importa la hiperactividad de la
sangre.
La sangre es roja, pero el mosquito ve en blanco y negro.
Porque para que existan colores rojos debe haber colores extremos. Como
blancos, o como negros. Y como es sabido, el rojo no es extremo de ningún otro
color. A lo sumo es sangre y la sangre no es blanca o negra. La sangre es,
simplemente, alimento de mosquito.
El mosquito se alimenta de sangre, y
el humano de ñoquis.
Porque si comiéramos sangre seríamos
vampiros, si es que existen en realidad los vampiros. Pero queda a la vista que
hay otros alimentos más interesantes para el humano, sobre todo en relación al
tamaño corporal que dista significativamente del mosquito.
Los ñoquis tienen una proporción adecuada para
ser ingeridos por humanos.
No así por mosquitos. Porque los ñoquis son pequeñas
acumulaciones de masa hechas con el fin de comerse un día en especial y con la
incomprobable función de reproducir económica y financieramente al humano que
los consume. Solo y sólo si le ofrendan dinero en el mientras tanto. Algo tan
irracional como la visión en blanco y negro de un mosquito.
El mosquito tiene la posibilidad de comer
sangre de un humano inactivo mientras éste espera un plato de ñoquis que lo va
reproducir financieramente. Entonces, entendemos de la existencia de la cadena
alimentaria y de cómo el hombre, la sangre
y el dinero siempre son parte de ella.
Viene la época de mosquitos y yo
sentada en la mesa esperando comer ñoquis caseros.
sábado, 3 de mayo de 2014
Colectividades y Lavadores de Cabeza
Aprovechando un viaje en auto, fui para la Plaza de Morón en
donde se estaba realizando la Feria de las Colectividades.
Tenía ganas de visitarla porque quería conseguir adornos lindos
para mi casa vacía de adornos. Sin embargo lo que definió mi visita fue un
corte de luz, el decimosexto en dos de meses.
“Sr. Usuario, le informamos que se observa en su zona un problema con
la línea de media tensión. Estamos trabajando para resolverlo en las próximas
horas.” (Gracias Edenor. Muy eficiente su locutora.)
Llegué a la feria, y mientras bajaba del auto imaginaba ver cosas
de lo más extrañas de países muy distintos y lejanos. Expositores hablando raro
y yo queriendo entenderlos mientras compraba una pintura india. Pero nada
de eso ocurrió.
Era una Feria de Colectividades pero gastronómica. Lo
primero que vi fue un stand de Haití que hacía todo tipo de jugos de frutas con
y sin alcohol. Haití tenía al menos 5 stands, que eran exactamente iguales a
los de Brasil y a los de República Dominicana, que tenían 5 y 3
respectivamente. Negros con batidoras, bananas y música de fiesta. Sonrisas y arengas.
Iguales, todas iguales. ¿Entonces cómo? ¿Las tres culturas son iguales, o el
estereotipo lo es?
Había locro, la famosa carne cortada envuelta en una “rapidita”
y chori. De cuestiones culturales, solamente en el stand de México había fotos
del Chavo y en el de los Nigerianos unos
CD truchos de música autóctona.
La gente iba y venía comiendo empanadas de carne cortada a
cuchillo típicas de vaya a saber que provincia o país ya que las vendían en
Santiago del Estero, en Tucumán y en un Stand de la India (que no tenía ninguna
pintura).
Para no ser menos y adentrarme en el mundo que visitaba
decidí comer. Luego de mucho ver y no decirme por nada estacione mi humanidad
en México (había como tres stands) y me compré un taco de carne. Le agregué
salsa picante.
Picaba.
Sentí una necesidad imperiosa de beber algo y me fui hasta
Irlanda a comprar una cerveza tirada marca “no recuerdo cual” para bajar el
picor. Explotada hacia mis adentros, busqué un rincón vacío y me senté a apagar
el fuego interior con mi cerveza en la mano. La Municipalidad era mi sillón y
el desfile de seres humanos de todas las edades, mi película.
Los miraba comer, beber, tirar sin querer pedazos de carne
al piso y secar con una servilleta la boca de los niños que entre corrida y
corrida comían un pedazo de choripán y una cuchara de locro.
Suficiente me dije. Ya había vuelto en mí, el efecto del
picante/cerveza en ese contexto me dio ganas de estar en otro lugar, más
específicamente en mi cama durmiendo la siesta.
Pero la teletransportación aún no existe, por lo que junté
fuerzas y comencé a caminar. Me alejé rápidamente de ese enjambre de olores y
colores y niños y migas en el piso.
Mi frustrada travesía de compras autóctonas impulsó mis
ganas de ir a la peluquería. No me pregunten por qué. Es verdad que las últimas
dos semanas mi pelo se encuentra un tanto conflictivo y es verdad también, que la
primera cosa que digo a Nadia cuando entro en la oficina es “¿viste como tengo
el pelo?” Y Nadia, como una reina que es, simplemente se ríe. Y yo,
secretamente, me doy cuenta que lo que tendría que decir en ese momento es “sí,
tu pelo es un desastre, hacete un rodete y ponete gel”
Entonces por Nadia y por una feria absolutamente inútil, me
fui a la peluquería. Recordé que había una en el centro de Ramos Mejía que te
cortan cual chorizo. Son mil lavadores de cabeza y mil peluqueros. Entrás en su
cadena de producción y te convertís en sachet de leche o en lata de arvejas.
Eso era lo que necesitaba. Ir a un tipo de peluquería al que nunca había ido y
en el que simplemente sos una cabeza con pelos. Necesitaba lo impersonal, lo
despojado, que me vean sin importarle nada de mí, ni de mi vida, ni de mis
necesidades ocultas.
Hacia allí fui. Pasé por la puerta y vi que, como la Feria
de las Colectividades, era una acumulación de seres humanos semi abarrotados,
vestidos de negro y haciendo turbantes a las mujeres en su cabello. Seguí de
largo. (Me dio algo de pudor) Hice unos pasos y volví.
“Vamos querida, esto
es lo que querías, entrá.”
Y me hice caso.
Me recibieron y me preguntaron que me iba a hacer. “¿Cortarme?” dije yo. No me gusta ir a
la peluquería porque nunca sé que me quiero hacer. Siento la necesidad extrema de que otros decidan por mí.
Me derivaron con Pablo, que me sentó y empezó a lavarme la
cabeza. Al minuto y medio arrancó con las preguntas: “¿Hace cuanto no te
cortas? ¿Siempre tuviste el pelo tan
largo? ¿Trabajás mucho? ¿Tenés tiempo para ir a la pelu?” Cada respuesta me llevaba a ofrecer un
producto distinto. “Ay, tenes el pelo dañado, antes de cortarte podes hacerte
varias cosas para mejorarlo: criogenizado, nutrición shock, ampollas con
aditivos naturales, impermeabilizado de puntas, shock de nutrientes nucleares y
(…)”
Agotada mientras me masajeaba el cerebro terminé por
comprarle una ampolla nutritiva solo para que se calle. Luego siguió con la
marca de shampoo y me quería vender uno a 190 pesos pero que me duraría como
cuatro meses. Le dije finalmente que no, que gracias, aunque debería haberle
dicho “Pablo, ya me quemaste el cerebro y
me pusiste la ampolla de 77 pesos, no jodas más”. Pero igual que Nadia, fui una reina.
La cadena de producción marketinera me llevó a Agustina, la
peluquera que en un ratito nomás me despacho con modesto corte justo y necesario.
Ya con mi pelo cortado, luego de algunas horas de navegar
por masivas situaciones, emprendí el regreso al hogar a la espera de que Edenor
haya resuelto sus problemas con la media tensión. En el camino me compré bellas
margaritas rojas y desmagneticé la tarjeta SUBE, tal es así que una señora me
la prestó. Le devolví 2 pesos.
Llegué a casa sin adornos de otras culturas y con menos
pelo.
Pero había luz y también margaritas.
lunes, 28 de abril de 2014
Hombres (y la mutación de sus deseos)
A los hombres la pasión les genera algunos problemas . Se fanatizan por algo y luego lo reemplazan, y así
sucesivamente. Podría afirmar que dicha circunstancia es lo que los lleva a su
propia decadencia.
A medida que pasa
el tiempo, y no sólo al pasar los 30, van variando sus objetos y sujetos de deseo.
Esa variación lo va transformando, convirtiéndose en lo
que alguna vez fueron y
lo que alguna vez serán.
lo que alguna vez serán.
Caso testigo:
hombre, llamémoslo Pedro, de 25 años, fanático de Pantera. Cumplió los 30 y guardó la
remera en su cajón y de vez en cuando la mira, pero su mujer prefiere la
camisa con cuello que le compró en Levy´s. Pedro hace caso.
¿Y qué hace
entonces Pedro con su pasión por Pantera que le demandaba horas música muy alta
y grandes esperas con su grupo de amigos
fans de la banda para verlos en un recital?
La transforma en
miércoles de fútbol y asado con los pibes. No le toques el miércoles a Pedro.
Usa los botines que se compró, los pantaloncitos y por supuesto, encuentra una
oportunidad inigualable de usar la remera de Pantera. Con orgullo hace goles
y la besa. Pedro está feliz.
Luego de unos años
(pueden ser de 5 a 10), y como consecuencia de tantas patadas, Pedro debe
operarse la rótula de la rodilla derecha. No más fútbol.
¿Y qué hace Pedro
todos los miércoles?
Putea por
su mala suerte. Le echa la culpa a los estúpidos que jugaban. Dice, no juego nunca
más porque además le pegaron en frente de Juan (el hijo) ¡Qué mierda!
Basta. Hasta la rotosa
remera de Pantera le molesta.
¿Y qué hace ahora
Pedro? Pesca. Sí, si. Tiene unos compañeros de trabajo que van a Entre Ríos una vez
por mes a pescar. Genial. Que lo sepan todos... es fanático de la pesca.
Pedro se compra la caña, estudia de carnadas y redes y
finalmente con sombrero, botas y vino en el bolso comienza el camino
de las aguas.
Ya se olvidó del
fútbol, y ni les cuento de Pantera.
Por supuesto
Pedro, ya cree que el fútbol es un negocio y que el dueño de la canchita se
hizo rico gracias a él. Y además, que el rock es parte de una sociedad violenta
y sobre todo el heavy metal.
Pero el cariño está, por lo que siente pena no por esa
época sino por la posible operación de garganta que debió hacerse el cantante
consecuencia de tantos años de semejantes
gruesos alaridos.
Y así
sucesivamente.
Cada nueva pasión
hace que la anterior se transforme en “despasión” y que en ese proceso, se
caigan pelos e ideas.
Luego de escribir, temo pecar de ser demasiado taxativa y dudo realmente de la generalización del caso. Es más, dudo que sea exclusividad masculina.
Por lo tanto,
frente a tanta duda, doy limitada validez a mis palabras.
Sin embargo cierro
los ojos e imagino alguna remera de Pantera en un cajón olvidado pero repleto
de olor a añoranza.
Este texto (algo modificado) fue el inicio de gabitaysumundo, que, gracias a Carlita y un problema con un ex compañero de secundaria que se quedó pelado, me motivó a mostrar lo que escribía. Y en esta necesidad corporal de volver a la energía de la palabra surgida gratamente unos días atrás, siento que me sirve para reiniciar la génesis.
jueves, 24 de abril de 2014
Fundamentos de la nada
Desde pequeños transitamos un camino de
aprendizaje que nos lleva a construir un sinnúmero de respuestas para otro
sinfín de preguntas.
Esas respuestas motivan la razón y se
pierden en senderos inconsistentes cuando la pregunta se formula con el deseo
inútil que no llegar a ningún lugar.
Una persona molesta. Otra persona (relacionada afectivamente) observa la molestia.
Pregunta: ¿Qué te pasa?
Respuesta: Nada
Tanta
sencillez insulta hipocresía. O nada.
Una persona mira un punto fijo. Otra
persona (relacionada afectivamente) observa la mirada.
Pregunta: ¿En qué pensas?
Respuesta: En nada.
Tanta
sencillez expresa agobio. O nada.
Una persona molesta. Otra persona observa
la molestia.
Pregunta: (no hay pregunta)
Respuesta: (no hay respuesta)
Tanto
silencio es la nada. O algo.
Una persona mira un punto fijo. Otra
persona observa la mirada.
Pregunta: ¿Tenés hora?
Respuesta: No
Tanta
claridad no necesita nada. O todo.
La nada es una incógnita difusa. Sea la
encontremos en la pregunta, o en la respuesta o que simplemente no este. Es
creadora de imágenes subjetivas de una realidad tan propia y tan distante a la
ajena, que asusta. Y asusta porque es única, porque crea mundos de fantasías
incontrastables. Deseamos ese mundo para
guardarlo para nosotros mientras se responde con la nada o no se responde nada.
Deseamos construir el mundo del otro preguntando solo para imaginar lo que
queremos.
La nada es el silencio, los gritos, los
llantos, los misterios, los enojos. Es abrazar las piedras. Es frustración y es
temor. Es correr debajo de la lluvia mientras escuchamos acordes y llueven
letras.
Pero además la nada es nada.
Y en la mayoría de los casos, eso nos
alcanza.
martes, 7 de enero de 2014
Apocalipsis de Alguaciles
Si la tormenta se desataba un rato después hubiera podido
evitarlo. Pero la vida es la vida y la naturaleza tan solo es.
(Nosotros creemos en la naturaleza de la vida)
Los alguaciles previenen la lluvia a través de un termómetro
pluvial interno que cronometra los tiempos de las tormentas. Salen unas horas
antes en busca de alimento y luego se esconden en sus desconocidas guaridas.
No fue ese el caso de un alguacil ignoto que perdió su
mercurio y quedo atrapado bajo la lluvia. Desesperado, intentó por todos los
medios huir de la intensa lluvia que caía en sus alas.
(Nosotros lo mirábamos tras el ventanal)
La situación empeoró. La lluvia se convirtió en hielo y
comenzó a caer sobre el cuerpo pequeño del insecto alado como una lluvia de
heladeras. Esquivó cuanto podía, voló desesperado de lado a lado. Evitó su
posible final.
(Nosotros alentábamos al alguacil)
Nunca dejó de luchar. Voló furioso. Subió. Bajó. Voló
desesperado. Derecha. Izquierda. Voló solo. Mojado. Voló alocado. Hielo. Voló. Agotado.
Voló lluvioso. Heladeras.
(Nosotros esquivábamos las heladeras)
El granizo terminó. La lluvia de a poco aquietó su furia,
mientras el día se volvía día y se perdía el misterio de ver sin ver.
El alguacil misteriosamente logró sobrevivir al bombardeo. Aprendió
a esquivar heladeras. Se fue. Voló sabiendo que sobrevivió al
apocalipsis. Voló.
Y sin termómetro.
(Nosotros, apocalipsis)
Para ellos, que dejan volar la imaginación impunemente...
María José y Ezequiel (La heladera, la lucha, la foto)
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