lunes, 1 de agosto de 2011

Tarjeta Limón (Con el ocho en la camiseta)

Jugaban con un equipito norteño.
El ocho corría por el lateral. Tomó la pelota luego del pase del número cinco. La recibió con su pierna menos hábil, la derecha. La paró con la parte lateral del empeine. Quedó mansa, quietita, como esperando alguna decisión.
En dos segundos su mente hizo un panorama del campo de juego. Rivales demasiado cerca. Dos en al costado del círculo central, otro frente a él. Había dos más, bien pegados a la línea lateral. El diez que recién había entrado  hacía señas por encima de su cabeza mientras venían a sacarlo de la soledad el cinco y el tres que desesperados en sus expresiones se insinuaban destinatarios del pase.
Todo coqueteaba con la desesperación alrededor de él y sintió unas ganas enormes de correr.
Tanto caos de principiantes, y él que hacía años que sentía esa camiseta.
Era él, que había sabido llevar el equipo en los malos momentos. A quién la gente coreaba el apellido, a quién los periodistas amaban por su constante buena predisposición.
El, que rebalsando de experiencia debía soportar jóvenes estrellas estrelladas que de manera efímera se creían los reyes del mundo. Y era además un padre de familia que, con su primera buena cantidad de dinero, había comprado la casa donde vivían felices y sin problemas económicos.
Fue así, en esos dos segundos, en que decidió negarle la colaboración a  tanto jugador excesivo, a tanta pantomima y a tanto nervio sin sentido.
Agarró la pelota entre sus piernas y comenzó a correr. Esquivó al que salió a achicarlo de frente y luego a los dos que salieron a cortarlo desde el círculo central y mientras el diez seguía haciendo señas para que se la pase, continuaba con la seguridad de que sería la única persona en lograr el triunfo.
Continuó su carrera con pelota. Lo seguían compañeros y rivales desde atrás. Su cabeza alta relojeaba la pelota de vez en cuando. Y vio a lo lejos el arco y la red. Y vio al arquerito que comenzaba a prepararse para adivinar la jugada.  Imaginó patear la redonda de zurda desde esa larga distancia.
Imaginó la pegada, la pelota y la curva que haría en el aire clavándose en el ángulo que formaban el palo y el travesaño. Imaginaba luego una corrida loca, corrida de ocho, desesperadamente hacia la tribuna que gritaba rebosando de alegría su apellido, mientras él en secreto se acordaba del viejo que había creído siempre en él. Y en la vieja que amasaba pastelitos los domingos para llevar a la cancha. Y en sus hijos, futuros futbolistas y cracs y en su mujer que tanto lo acompañaba. Y en la gente, que los seguía a todos lados en días calurosos, con lluvia, tormentas, con frío. Acá y en cualquier parte del país. Y en los dirigentes que seguían confiando en él. Él, el ocho, convirtiendo el gol más espectacular de los últimos años.
Pero cuando estaba en la cima de sus pensamientos sintió un ruido a esfuerzo cerca de él y de pronto un botín que le golpeaba increíblemente fuerte en su gemelo derecho. Y sintió su caer mientras un dolor indescriptible puso en blanco todo su pensar.
Cayó. Con todo el peso de su cuerpo y el de sus pensamientos al césped.
Escuchó el sonido lejano del silbato y sumido en la tristeza más profunda cerró los ojos. No iba a levantarse más.

Se escuchaba en la esquina de Michelini y San José a un periodista que decía por la radio…”extraordinario fau, es para tarjeta limón… y creo que me quedo corto”.

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