martes, 26 de julio de 2011

Helacop (Parte I)



a Stella Muñiz Fernandez, por incitarme a comprar una heladera tecnológica.


Yo solía vivir tranquilo. Convengamos que nunca estuve demasiado holgado económicamente, pero creo que zafaba. Podía comprarme las cosas que necesitaba y año por medio me hacía un viajecito al interior en las vacaciones de verano. Tampoco me hacía demasiado problema en las épocas de vacas flacas. Un tipo calmo, sin demasiados problemas. Diría que era relativamente feliz. Sin embargo, todo cambió después de esa maldita fiesta del trabajo. Cómo olvidarlo. Era 19 de diciembre… cómo olvidarlo.
Las fiestas de fin de año laborales son un desahogo anual. Ver a los jefes descontracturados y algo bebidos. Nos saludamos todos, sin distinción de clases sociales en la jerarquía empresarial. Se baila, se come y se bebe a destajo. Y el condimento especial: sorteo de electrodomésticos.
Comenzaron alrededor de las dos de mañana. El animador (un tipo de la tele venido a menos que anima fiestas de multinacionales) comenzó a sacar los numeritos de una improvisada bolsa. Había todo tipo de electrodomésticos y comenzaron a ganarlos. Luisa de administración sacó la vaporiera, Rosa una aspiradora, Raúl (el vendedor estrella) un LCD de 32”. Yo tenía mi número entre los dedos. Lo arrollaba y lo desenrollaba con la seguridad que ganar no era para mí. Si embargo, en un momento, el animador grita el número veinticinco….¡25! ese era mi número… Perplejo por el triunfo y algo nervioso de pasar al frente comencé a gritar ¡YO! ¡YO! Y salí disparado para el improvisado escenario.
Me gané una heladera y ese fue el comienzo de mi fin.
La noche terminó muy tarde y aproveché la felicidad de mi triunfo para brindar infinitas veces con el que se me cruzaba. A eso de las 5 de la mañana aterricé en mi cama, abrazado al boucher de la heladera.
Al sábado próximo pasé por la casa de electrodomésticos para retirar mi premio, un vendedor vestido con uniforme y peinado prolijamente, me recibió cálidamente y luego de hacerme un par de chistes sobre mi suerte, me llevó a conocer la heladera.
“Lo que usted se ganó, querido amigo, es una de las maravillas tecnológicas más impresionantes de lo que va del siglo. No sólo es una heladera, es mucho más que eso. Usted se va a llevar una heladera inteligente. Y si le digo inteligente es porque realmente lo es, de eso esté seguro. Para comenzar, debo decirle que tiene un panel digital externo que le indica diversas variables. En primer lugar tiene la temperatura que podrá regularla con éste botoncito aquí a su derecha. El botón azul corresponde a la temperatura del freezer. En el panel digital usted puede observar que se indica el valor correspondiente. Además, tiene aquí a la derecha un expendedor de agua y de hielo. Usted la programa con el botoncito de la izquierda para lograr la cantidad de desea servirse. Además, viene para su comodidad un juego de tres vasos de distinto tamaño para el agua y dos recipientes para el hielo. Pero eso no es todo amigo, además el panel digital contiene un servicio digno de una computadora personal. Si usted abre ésta tapita de aquí, observará que tiene dos botones. Con el derecho puede actualizar las noticias del día y puede usted cambiarlo al canal de Internet al que usted esté acostumbrado. Y el otro botón de por aquí, es el que le va a cambiar la vida, mi querido amigo. Es el botón de la felicidad. Esta heladera cuenta con la capacidad de verificar el alimento que contiene su heladera y en la medida que usted vaya agotando las provisiones, envía un e-mail a su supermercado (que podrá seleccionarlo con en éste ícono) para que le envíe directamente sus compra. Por lo tanto, usted dejará de pensar en las compras, de sufrir el olvido de algún tipo de producto y simplemente tendrá una heladera que lo despojará a usted de toda responsabilidad. Se lo digo ahora y se lo repito, usted está llevando más que una heladera amigo, usted está llevándose una nueva vida.”
Imagínense ustedes lo que fue para mí escuchar semejante exposición. No podía creer que semejante evolución tecnológica fuera a formar parte de mi vida diaria. Adiós a las compras, adiós a tomar té sin leche porque olvidé de comprarla. Adiós a lista del supermercado, que siempre olvido llevar y cuando la llevo traigo la mitad. YO tendría una heladera inteligente y eso me llevó al extremo de la felicidad.
Los primeros días con mi nueva heladera fueron geniales, me tomó prácticamente una semana entender cómo ubicar cada cosa ya que cada lugar tenía un censor que se comunicaba directamente con el computadorita. Además, la configuración de las temperaturas y la carga de mi supermercado amigo. Tuve que registrarme en el icono del sector “virtual” y para lograr evitar problemas cargué el número de mi tarjeta de crédito para hacer los pagos. La ventaja de todo esto (además de la propia heladera) fue que por compra virtual tenía 20% de descuento todos los días.
Durante la segunda semana me olvidé un poco de los beneficios porque ya había comprado todo y tenía la heladera bien cargadita.
A partir de la tercera semana comenzó el trabajo de mi electrodoméstico. Una tardecita mientras tomaba un mate cocido luego de un agotador día de trabajo, suena el timbre y un señor vestido de uniforme me baja de la camioneta una bolsa de supermercado. Impactado, agradezco su servicio. Esto sí que era una maravilla. Abrí la bolsa y observé varias cosas que había estado consumiendo estas dos últimas semanas. Guardé todos los productos en sus respectivos lugares y extasiado de alegría me abrí un vino Malbec. Esto sí que era vida, alguien más se ocupaba por mí de hacer las compras y encima no me lo reprochaba. ¿Qué más podía pedir?
Las semanas subsiguientes fueron parecidas, el muchacho del supermercado me traía las cosas y yo le dejaba unos pesos de propina. Todo seguía calmo como antes, pero ahora podía ocupar el tiempo haciendo otras actividades.
Una noche mientras dormía, me levantaron los truenos y los relámpagos. Qué tormenta, pensé. Y casi sin demora me fui directo a la heladera para desenchufarla. No sea cosa que le pase algo a mi electrodoméstico estrella.
Cuando estaba a punto de desenchufarla, una fuerte explosión se produjo en el enchufe. Me alejé por miedo a electrocutarme. No lo podía creer… mi heladera… había explotado mi heladera. Me había solucionado la vida, estaba tan emocionado con tenerla, tanto le había agradecido a mi empleador… Sutilmente me acerqué al enchufe y noté que no estaba quemado. La desenchufé y volví a enchufarla. Andaba. No podía creerlo, pero andaba. No sólo era una heladera inteligente sino que además era a prueba de rayos. ¡Que felicidad! pero que felicidad... Me fui a dormir satisfecho y lo hice sin despertarme por ocho horas más.
Los próximos días que vinieron fueron un tanto distintos. La heladera seguía andando maravillosamente bien, aunque una tarde vinieron del supermercado con un pedido de diez leches descremadas extra hierro. Cuando vi el pedido me llamó la atención, sin embargo había adquirido una confianza tan plena en ella que creí en su capacidad de observación e imagine que creyó necesario que comience yo a cuidarme un poco de las grasas. Y la verdad es que tenía razón, había aumentado unos kilitos estos últimos meses. El tema del calcio lo entendí por la edad. Es verdad, ya no era un pibe.

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