domingo, 20 de marzo de 2016

Entre paréntesis

Entre paréntesis despierto cada mañana.
(Soy mi propia aclaración)
Entre paréntesis están todas las decisiones, a la espera de ser entendidas.
(Soy mi propia decisión)
Entre paréntesis mi todo futuro, tres puntos entre ellos.
Soy mi propio punto.
(Entre paréntesis)

martes, 29 de diciembre de 2015

Los jugos de Eastwood

Mientras el calor agobiaba mi ser, se produjo el momento adecuado para escribir un par de cosas para comprar y que me andaban dando vuelta en la cabeza desde temprano. 

No escribí, vomité mi pensamiento.














Horas más tarde, la releí.
Sería un listado absolutamente normal con letra fea a no ser por el jugo. 
Cometí un error burdo. 

Pensé en Eastwood inmediatamente. 

Pensé en que era un nuevo producto desarrollado por un fan del actor y director, quien había heredado una empresa de jugos de su abuelo e hizo una nueva marca y logo para los "jugos Clint". Los sobrecitos de jugo tenían imágenes de sus distintas películas. 
Después pensé que el propio Eastwood tenía una fábrica multinacional de jugos en polvo y que los sobres de jugo en vez de cuadrados tenían forma de sombrero de cowboy.
Por último pensé que una empresa grande de jugos había decido hacer un homenaje a Clint sacando una partida selecta de jugos con su nombre.

Pero no. 
Era apenas un error.
Un error por bajar impulsivamente un pensamiento.... el que impulsa nuevamente pensamientos para ser bajados.

El moebius cerebral, vió.





miércoles, 17 de junio de 2015

Sentencia rota


Por un error congénito, desde que soy pequeña me autoimpongo sentencias de lo que voy a hacer o no voy a hacer. De lo que pienso o no tengo que pensar. Mis valores son inamovibles. Me autoconstruí con sentencias y creencias de todo tipo. Flexibilidad cero.


Pero como todos sabemos, la vida por lo general te cachetea asquerosamente haciendo que uno se meta sus sentencias o pensamientos inflexibles ahí, en ese lugar lleno de sombra.
Siempre he observado a las madres que en los distintos lugares públicos amamantan a sus hijos. Transportes públicos, supermercados y shoppings, peatonales, restaurantes.
Siempre me pareció horrible y de mal gusto. Dediqué mucho de mis pensamientos diciendo cosas tales como “¿a vos te parece?”  “Cuánta irresponsabilidad las madres que pelan la teta a dónde están” “Yo no puedo creer que saquen la teta en medio de cualquier lado sin prever que su hijo quiere comer”. “Yo jamás voy a sacar la teta en ningún lado.” “Es una vergüenza y de mal gusto.” Nunca estuve más convencida de algo.

Era un domingo por la tarde. La heladera vacía. Se toma la decisión: ir al supermercado con la niña nueva.
Apenas tiene un mes (la niña).
Pero comida hay que comprar y la madre quiere salir. Ok. Se sale para hacer las compras. Emoción. Nervios.  Paseo de mamá, papá y niña.
Estacionamiento. Se bajan todos con cochecito incluido. Niña bien. Padre y madre bien.
Supermercado. Comienza la inestabilidad emocional de la niña. Jadeos primero, llorisqueo después, llanto terrible por último. Madre y padre se miran desesperados. La niña no calla. La gente mira. Sentimiento de inoperancia o ignorancia. ¿Qué tiene? ¿Qué hacemos? ¿A dónde nos metemos?
Pregunta del millón: ¿comió?
Hace dos horas y pico.

Miro a mi hija que no para de llorar. Miro el contexto. Supermercado lleno, pasillo central. Miro al padre de la criatura y me hace un gesto de “tiene hambre”. Y yo no lo puedo creer, un maremoto de sensaciones se me presentan en el cerebro, en el corazón, en el alma si es que existe.
Tengo una hija hambrienta. Estoy en medio de un hipermercado enorme. Está lleno de gente. Y yo (sí, yo) tengo la comida de mi hija incorporada al cuerpo. Tengo tetas. Tengo lo que ella necesita. Pero estoy en ese contexto tan sentenciado negativamente.
Mi mente vuela porque no puede creer la situación que debe afrontar. La balanza cae indudablemente para mi hija y un remolino de pensamientos se cae de un edificio de mil pisos. Me siento en el pasillo central a dónde hay banquitos, el padre de la niña me ayuda y ahí nomás saco mi teta y le doy de comer a mi hija, la niña hambrienta.

Fin de la compra. Estacionamiento. Madre sentada en el auto llora.

La vida se me rió en la cara mientras le mostraba mi teta al mundo.
Dicen que escupir al cielo no es bueno, porque puede volver a caer en la cabeza. A mí me cayó un escupitajo más grande que un elefante.
No sé quien lo dice, pero la tiene clarísima.


Rookie. Crónicas de una madre nueva. 
Parte 1 - Sentencia rota

lunes, 8 de junio de 2015

Dos Meses

Hoy estamos cumpliendo dos meses.
Cada día nos conocemos mas y nos entendemos menos.
O sea, la vida misma.
Nunca creí sentir algo tan grande y tan indefinido por una persona
Algo que desborda el pecho.
La puta, que groso.

jueves, 4 de junio de 2015

Rookie. Crónicas de una madre.

Nacer y hacer nacer es una de las cosas más naturales que existe.
En ese proceso, la que hace nacer se convierte en madre, a su vez convierte al hombre en padre mientras que el que nace se convierte nada más ni nada menos que en persona.
(La madre y el padre ya lo eran, flor de ventaja)
Por lo tanto, la tarea del nacido es inmensamente más compleja que la de la madre, que la del padre e incluso más compleja que todo lo que uno pueda imaginar hacer en su vida.
Quien hace nacer, cree que su tarea es dificilísima. Lo es. Pero la del nacido es peor.
Así descubrí porqué no recordamos nada de esa época de la vida. Imaginen el nivel de frustración como ser humano si recordáramos que nada podemos hacer sino a través de los padres o los que estén construyendo el ser. No saber comer, hacer fuerza para hacer caca, expresar lo que  se quiere. Nada de nada. Y para colmo de males, es muy difícil que los padres entiendan todo adecuadamente, aunque desarrollen la capacidad de entendimiento instintivamente.
Mucha complejidad la comunicación. (Otro motivo más para olvidar.)
En ésta nueva tarea de ser padres e hijos, tampoco coinciden la construcción del padre y de la madre. La mujer que engendra, viene desarrollando mental y corporalmente el mundo propio y el de su hijo. Modifica su cuerpo y su psiquis para convertirse en un ser que brinda y mantiene la vida de su hijo. El embarazo enseña a dormir menos, modifica hormonalmente el cuerpo con los efectos emocionales que eso provoca, otorga resistencia, concientiza psicológicamente y actúa de freno para la vida habitual de la madre, la que deberá modificarla al tener el bebé. El hombre por su parte, no sufre ningún tipo de cambio físico, por lo tanto el cambio psíquico es más una característica propia que un hecho. Hay quienes aceptan y se comprometen como si estuvieran embarazados, otros que no terminan de entender los procesos y otros engordan. Pero la dificultad cierta del hombre es, como dije anteriormente, que no le pasa nada físico y no logra entender o en su piel el proceso de la madre.
Eso lo angustia o lo pone ansioso o lo aleja. O no le pasa nada de todo esto, claro.

Las tres personas que participan en ésta cuestión de ser padres e hijos, tienen características diferentes y por tanto cuando empieza la interacción hay que adaptar los diferentes procesos que cada uno conlleva, e intentar pasarla bien, aprender a ser lo que toca, educar, dar vida, enseñar vida, seguir el amor, construir nuevos códigos, intentar ser feliz y serlo.

Este “contexto” que ha sido escrito en forma bastante coloquial y que se encuentra lleno de teorías incomprobables, son parte del proceso reinante que hoy transita mi mundo y desde dónde surgirán los textos de “Rookie. Crónicas de una madre.”
En ellos vamos a encontrar experiencias para nada coloquiales y vivencias para nada imitables que pueden servir de gran ayuda para entender cómo el mundo rockero y ocioso (¿?) cambia al de pañales, llantos y sonrisas de bebé.



martes, 21 de octubre de 2014

Cadena alimentaria: de ñoquis y mosquitos

Viene la época de mosquitos y yo sentada en la mesa esperando comer ñoquis caseros.

Mientras uno está sentado esperando comer ñoquis, los mosquitos tienden a darse cuenta que la inactividad humana tiene como ventaja poder posarse en pieles y poros.
Si posarse fuera la única circunstancia no habría mayor problema. Pero lamentablemente, ningún mosquito tiene una visión filosófica del humano y su actividad.
El mosquito pica y se deleita absorbiendo sangre inactiva. Perdón, activa.
Porque el cuerpo espera en quietud, pero la sangre fluye. Se mueve por  venas y arterias. Nunca esta quieta.  La sangre no espera, no puede. El mosquito tampoco. Y para nada le importa la hiperactividad de la sangre.

La sangre es roja, pero el mosquito ve en blanco y negro.

Porque para que existan colores rojos debe haber colores extremos. Como blancos, o como negros. Y como es sabido, el rojo no es extremo de ningún otro color. A lo sumo es sangre y la sangre no es blanca o negra. La sangre es, simplemente, alimento de mosquito.
El mosquito se alimenta de sangre, y  el humano de ñoquis.
Porque si  comiéramos sangre seríamos vampiros, si es que existen en realidad los vampiros. Pero queda a la vista que hay otros alimentos más interesantes para el humano, sobre todo en relación al tamaño corporal que dista significativamente del mosquito.

Los ñoquis tienen una proporción adecuada para ser ingeridos por humanos.

No así por mosquitos. Porque los ñoquis son pequeñas acumulaciones de masa hechas con el fin de comerse un día en especial y con la incomprobable función de reproducir económica y financieramente al humano que los consume. Solo y sólo si le ofrendan dinero en el mientras tanto. Algo tan irracional como la visión en blanco y negro de un mosquito.
El mosquito tiene la posibilidad de comer sangre de un humano inactivo mientras éste espera un plato de ñoquis que lo va reproducir financieramente. Entonces, entendemos de la existencia de la cadena alimentaria y de cómo el hombre, la sangre y el dinero siempre son parte de ella.


Viene la época de mosquitos y yo sentada en la mesa esperando comer ñoquis caseros.

sábado, 3 de mayo de 2014

Colectividades y Lavadores de Cabeza

Aprovechando un viaje en auto, fui para la Plaza de Morón en donde se estaba realizando la Feria de las Colectividades.
Tenía ganas de visitarla porque quería conseguir adornos lindos para mi casa vacía de adornos. Sin embargo lo que definió mi visita fue un corte de luz, el decimosexto en dos de meses.
 “Sr. Usuario, le informamos que se observa en su zona un problema con la línea de media tensión. Estamos trabajando para resolverlo en las próximas horas.” (Gracias Edenor. Muy eficiente su locutora.)
Llegué a la feria, y mientras bajaba del auto imaginaba ver cosas de lo más extrañas de países muy distintos y lejanos. Expositores hablando raro y yo queriendo entenderlos mientras compraba una pintura india. Pero nada de  eso ocurrió.
Era una Feria de Colectividades pero gastronómica. Lo primero que vi fue un stand de Haití que hacía todo tipo de jugos de frutas con y sin alcohol. Haití tenía al menos 5 stands, que eran exactamente iguales a los de Brasil y a los de República Dominicana, que tenían 5 y 3 respectivamente. Negros con batidoras, bananas y música de fiesta. Sonrisas y arengas. Iguales, todas iguales. ¿Entonces cómo? ¿Las tres culturas son iguales, o el estereotipo lo es?
Había locro, la famosa carne cortada envuelta en una “rapidita” y chori. De cuestiones culturales, solamente en el stand de México había fotos del Chavo y en el de los Nigerianos  unos CD truchos de música autóctona.
La gente iba y venía comiendo empanadas de carne cortada a cuchillo típicas de vaya a saber que provincia o país ya que las vendían en Santiago del Estero, en Tucumán y en un Stand de la India (que no tenía ninguna pintura).
Para no ser menos y adentrarme en el mundo que visitaba decidí comer. Luego de mucho ver y no decirme por nada estacione mi humanidad en México (había como tres stands) y me compré un taco de carne. Le agregué salsa picante.  
Picaba.
Sentí una necesidad imperiosa de beber algo y me fui hasta Irlanda a comprar una cerveza tirada marca “no recuerdo cual” para bajar el picor. Explotada hacia mis adentros, busqué un rincón vacío y me senté a apagar el fuego interior con mi cerveza en la mano. La Municipalidad era mi sillón y el desfile de seres humanos de todas las edades, mi película.
Los miraba comer, beber, tirar sin querer pedazos de carne al piso y secar con una servilleta la boca de los niños que entre corrida y corrida comían un pedazo de choripán y una cuchara de locro.
Suficiente me dije. Ya había vuelto en mí, el efecto del picante/cerveza en ese contexto me dio ganas de estar en otro lugar, más específicamente en mi cama durmiendo la siesta.
Pero la teletransportación aún no existe, por lo que junté fuerzas y comencé a caminar. Me alejé rápidamente de ese enjambre de olores y colores y niños y migas en el piso.
Mi frustrada travesía de compras autóctonas impulsó mis ganas de ir a la peluquería. No me pregunten por qué. Es verdad que las últimas dos semanas mi pelo se encuentra un tanto conflictivo y es verdad también, que la primera cosa que digo a Nadia cuando entro en la oficina es “¿viste como tengo el pelo?” Y Nadia, como una reina que es, simplemente se ríe. Y yo, secretamente, me doy cuenta que lo que tendría que decir en ese momento es “sí, tu pelo es un desastre, hacete un rodete y ponete gel”
Entonces por Nadia y por una feria absolutamente inútil, me fui a la peluquería. Recordé que había una en el centro de Ramos Mejía que te cortan cual chorizo. Son mil lavadores de cabeza y mil peluqueros. Entrás en su cadena de producción y te convertís en sachet de leche o en lata de arvejas. Eso era lo que necesitaba. Ir a un tipo de peluquería al que nunca había ido y en el que simplemente sos una cabeza con pelos. Necesitaba lo impersonal, lo despojado, que me vean sin importarle nada de mí, ni de mi vida, ni de mis necesidades ocultas.
Hacia allí fui. Pasé por la puerta y vi que, como la Feria de las Colectividades, era una acumulación de seres humanos semi abarrotados, vestidos de negro y haciendo turbantes a las mujeres en su cabello. Seguí de largo. (Me dio algo de pudor) Hice unos pasos y volví.
“Vamos querida, esto es lo que querías, entrá.”
 Y me hice caso.
Me recibieron y me preguntaron que me iba a  hacer. “¿Cortarme?” dije yo. No me gusta ir a la peluquería porque nunca sé que me quiero hacer. Siento la necesidad extrema  de que otros  decidan por mí.
Me derivaron con Pablo, que me sentó y empezó a lavarme la cabeza. Al minuto y medio arrancó con las preguntas: “¿Hace cuanto no te cortas? ¿Siempre tuviste el pelo tan  largo? ¿Trabajás mucho? ¿Tenés tiempo para ir a la pelu?”  Cada respuesta me llevaba a ofrecer un producto distinto. “Ay, tenes el pelo dañado, antes de cortarte podes hacerte varias cosas para mejorarlo: criogenizado, nutrición shock, ampollas con aditivos naturales, impermeabilizado de puntas, shock de nutrientes nucleares y (…)”
Agotada mientras me masajeaba el cerebro terminé por comprarle una ampolla nutritiva solo para que se calle. Luego siguió con la marca de shampoo y me quería vender uno a 190 pesos pero que me duraría como cuatro meses. Le dije finalmente que no, que gracias, aunque debería haberle dicho “Pablo, ya me quemaste el cerebro y me pusiste la ampolla de 77 pesos, no jodas más”. Pero igual que Nadia, fui una reina.
La cadena de producción marketinera me llevó a Agustina, la peluquera que en un ratito nomás me despacho con modesto corte justo y  necesario.
Ya con mi pelo cortado, luego de algunas horas de navegar por masivas situaciones, emprendí el regreso al hogar a la espera de que Edenor haya resuelto sus problemas con la media tensión. En el camino me compré bellas margaritas rojas y desmagneticé la tarjeta SUBE, tal es así que una señora me la prestó. Le devolví 2 pesos.
Llegué a casa sin adornos de otras culturas y con menos pelo.

Pero había luz y también margaritas.  

A propósito de las SAD

Estos últimos días, los clubes son parte de la disputa ideológica que tiñe esta previa de ballotage presidencial. Frente a la reaparición de...