martes, 2 de julio de 2013

El efímero pez Rubén

Esta es la historia del pez Ruben, a quien nadie podía pescar.
Pasó años esquivando anzuelos y robando carnadas.
Sufrió peligros extremos: peces grandes y voraces, humanos insaciables de deporte, humanos carnívoros, redes de pescadores y señuelos de colores.
Venció a todos y ganó el desafío de ser quien debía ser.
Un día, nadie más supo de él.
Un pez viejo dijo que creyó verlo charlando con el pez vagabundo y contándole sus proezas.
Pero nadie pudo confirmarlo.
Ni nunca.
Ni jamás

lunes, 27 de mayo de 2013

LA DIALECTICA DEL ODIO, la razón insospechada de decir lo que se dice mientras se piensa sin decir y se odia sin pensar.

Te odio.

Te odio por lo que hacés. Por lo que pensás. Por lo que sentís.
Te odio porque salís vestido a la calle con pantalones de jean. Y porque comprás zapatos caros de  cuero ecológico. Y por las carteras haciendo juego.
Te odio porque haces cuentas matemáticas sin calculadora y abrís libros que nunca terminas de leer. Los haces de atrás para adelante y los olvidas, mientras un policía en la esquina grita novedades irreales.
Te odio por el diario que lees o por el que dejaste de leer mientras esos neuróticos  titulares desangran ideas itinerantes. Y de las otras. Las inamovibles.
Te odio porque sentís que nada sirve y que todo sirve. Que la palabra dicha es mentira más allá que la realidad sea verdadera.
Te odio y no me importa que te quiera o te respecte. Te odio porque hay que odiar sin odio.
La dialéctica del odio, la razón insospechada de decir lo que se dice mientras se piensa sin decir y se odia sin pensar.
Entonces hago algo con ese odio que se convierte en energía propulsada. Hago lo mejor que se puede hacer para extraer la miseria de un reprimido deseo de no tener o no ser odio.
Te critico.
Te critico el sombrero que usa el abuelo y al morral del loco que ata sus zapatillas al cordón de la vereda.
Te critico el cerebro chiquito de un gigante y el alma enorme de un perro callejero.
Te critico la inocencia y la maldad. La hora de comer. El hombro que apaña llantos.
Despierto deseando criticar la belleza de la niebla que atraviesa las calles olvidadas y disfruto en secreto la vida entre signos de pregunta.
Te critico la cocina, el baño y el comedor. Me desahago en miradas inútiles y me recompongo en manos sudorosas.
Critico el bien y el mal. No puedo decidir cuál es cual. Entonces me siento mirando el horizonte de cemento mientras las banderas irreconocibles flamean imperativamente.
Ya no te queda nada más, ya no me queda nada más,  que deslindar las responsabilidades del odio, imaginar las culpas en lo ajeno, la maldad en el otro, la bondad en lo que no existe.
Las mañanas de otoño, mientras el rebaño humano transita calles ajetreadas, se convierten en el combustible del espanto, la razón de sentarse a ciegas a creer que nada de lo que se hace en la propia existencia es causa de odio.
Y no te das cuenta, no me doy cuenta,  que solamente el ser, envuelto el facilismos irresponsables, describe sensaciones de miedo y de alegría. Que el actuar transforma  o describe los pasos que damos y los caminos a seguimos.
Entender que el vínculo de vos con todo tu vos, del yo con mis otros yo, es la metáfora del ser y del hacer.
Construir sin dañar, dañar sin destruir.
Te odio, porque me odias porque pienso y pienso que me odias porque odio.
Es un instante. Vos y yo, vos y vos, yo y yo.

Y ese instante, ese pequeño pero enorme instante,  nos impide ser nosotros.

domingo, 3 de febrero de 2013

Anónimos (de Batallas Bicentenarias)

Seguimos cumpliendo Bicentenarios. 
Hoy 3 de Febrero, fue la Batalla de San Lorenzo. 
La estrategia y el mando del General San Martín y de su capitán Justo Bermúdez,  hacen mella en los Realistas en menos de media hora, que se ven arrasados y derrotados. 
En esta Batalla amanece y se sostiene como héroe Juan Bautista Cabral, quien recibió la ¿lanza? que iba para el General. Pero quien le dio esa posibilidad al Sargento fue el Granadero Juan Bautista Baigorria, un puntano aguerrido que mató al realista verdugo del General, quien continuó peleando las guerras de la independencia hasta 1818.
Pero no fueron los únicos. Aparecen silenciosos muchos caídos en batalla: "Héroes" (anónimos) como diría Richard Coleman parafraseando a David Bowie. 
Entonces es bueno levantar mantos mudos. Caídos, pero no vencidos. Ellos fueron:
Juanario Luna, José Franco y Basilio Bustos de San Luis. Juan Bautista Cabral y Feliciano Silva de Corrientes, Ramón Saavedra y Blas Vargas de Santiago. Ramón Amador y Domingo Soriano de La Rioja. De córdoba José Márquez y Manuel Díaz. Juan Mateo Gelvez de BA. El español  Domingo Porteau y el chileno Julián Alzogaray. Y el capitán Bermúdez, quién  murió 14 días después
Seguimos cumpliendo Bicentenarios, salud!












Foto: Convento San Carlos, San Lorenzo, Santa Fé (Fue ocupado por el General durante los días de la Batalla, el comedor fue el hospital)

Fuente de idea de publicación: Diario Página 12, Domingo 03/02/13; ps. 16 y 17



lunes, 21 de enero de 2013

Cerebros

Quién dijo que las plantas no tienen cerebros?                        
Es más probable encontrar poco o nada de cerebro en seres humanos. 
Personas que desaprenden a usarlo, que no les interesa o que simplemente les vino de adorno.
Cerebros llenos de ideas erróneas o atemporáneas.
Cerebros llenos de mentiras verdaderas y verdades mentirosas.
Cerebros vagos, que necesitan del viento para moverse al menos un poco.
Cerebros místicos, q crean significados tan propios terminan por perder conexión con la realidad.
Cerebros excesivos, veloces, que no dejan posibilidad de pausas para ver.
Cerebros mariposa, que duran apenas un día o alguno más, que son luego de ser gusano y antes de dejar de existir.
Cerebros injustos, despiadados, desplazados, infernales.
Las plantas no tienen cerebros, tal vez por ello esperamos tan poco de ellas. Que vivan, y si pueden que estén lindas y sí pueden que tengan flores y sí pueden aroma.
Y nada más.
Excepto que tenga un cerebro y peor si tiene cuatro.
Las plantas no tienen cerebros, o al menos, era lo que pensaba hasta hoy.

Foto: Cactus cerébrico, cultivado por mi madre.

lunes, 14 de enero de 2013

Mañanas

Es posible imaginar otras naturalezas, inclusive en medio de una ciudad ruidosa y un poco fea. La mañana, llena de colores, deja entrar el misterio de los rayos invisibles que disfrazados se  tiñen de verde.

martes, 8 de enero de 2013

Óxido










El hombre respira músculos laxos,
Mientras espera sentado el sudor del alma.
Indiscutibles plegarias que ruegan mentiras
Y simulan, vestidas de reyes.

Adiós, 
Adiós a la mentira inútil
Que encierra deseos
(Secretos)
Adiós
Anversos irreversibles
Que imploran ganancias
(Oxidadas)

La matriz encierra diversas palabras
Que se funden insatisfechas de bien
El árbol derrama sus hojas
Descansan en  sus nervaduras

Adiós,
Adiós a la mentira útil
Que encierra deseos
(Ruidosos)
Adiós,
Anversos reversibles
Que imploran pérdidas
(Oxidadas)

Los misterios del hombre vertebral
Inundan  la palabra innecesaria
Rezan incongruencias de colores
Invaden sus pensamientos

Adiós, 
Adiós a la mentira inútil
Que encierra deseos
(Descubiertos)
Adiós
Anversos irreversibles
Que imploran ganancias
(Muertas)

lunes, 22 de octubre de 2012

El ejército del vagón (Troya)


Tenía que venir pero no vino. Luego sí vino, pero tarde. Apareció imperativo en el penoso andén “uno” de la Estación Once y se convirtió en un arca de Noé. Se llenó de nosotros, animales de distintas razas dispuestos a salvar el mundo.
Mareas humanas masoquistas emprendimos viaje hacia nuestros hogares sin importarnos nada, nada, las condiciones.

De Once rápido a Flores, Liniers, Morón, y luego parando en todas.

Impunemente decidí tomarlo y bajarme en Liniers.
(No sabía se convertiría en un viaje al Medioevo.)
El viaje como morcilla no sería nada si no fuera porque ese olvidable tren abre las puertas en las estaciones para que más seres poco humanos irrumpan dolorosamente en el vagón.
Flores me preocupó. Subieron demasiados pasajeros despojados de ciudadanía, e impidieron bajar a un par de locos trastornados que prefirieron la masacre a un colectivo.
Fue entonces cuando dije en voz alta que mi intención era bajar en la próxima, a lo que un par de esqueletos buena onda me dijeron  que me acerque ya, porque no creían que pueda bajar.

Dice la leyenda que en Liniers la gente se multiplica religiosamente. El dueño del puesto de panchos dice: “ustedeis se duplicarán y comprarán cientos de panchos con papas pai. Y le pondrán mayonesa diluida en agua. Amén”… y el milagro ocurre.
Y las almas brotan de las fisuras del andén y renacen de las paredes.

Ya estaba yo sobre la estación de Floresta cuando comencé mi búsqueda. Estaba nerviosa. Agarre fuerte la cartera y comencé a acercarme a la puerta. Casi que ni podía moverme, por lo que solicitaba uno a uno me cambiara de lugar. Refregaba cada parte de mi cuerpo con otros cuerpos y así llegué cerca de la puerta. Las manos me transpiraban. Corrían gotas de incertidumbre…
¿Qué me esperaba en Liniers?
Una cosa tenía clara:  sola no iba a poder.
Hacer presión para bajar desde adentro del tren mientras los multiplicados seres del andén pugnaban por entrar, era tarea de grupo.
Entonces imaginé las guerras medievales, cuando un ejército de un color cargaba de sus cañones, arcos y flechas, caballos, espadas, banderas y se alineaba frente al enemigo para salir corriendo a encontrarse en batalla cuerpo a cuerpo cuando algo o alguien daba la señal.
Y se chocaban con el otro ejército que también corría con el mismo objetivo pero al revés. Y con espadas y otros colores, atravesaban territorios llanos y desérticos, para cruzarse en un juego de violencia infinita.
Me sentí una guerrera medieval.
Entonces comencé a motivar a mis compañeros de viaje. ¿Usted señor baja en Liniers? ¿Usted señora? Y así fui armando mi ejército medieval, con el único objeto de bajar.
Ya en Villa Luro contaba con más de media docena de gente que algo risueña que disfrutaba de mi arenga que rezaba: “vamos compañeros que podemos” “todos juntos venceremos a las mareas humanas con objetivos de ingresar al vagón” “la unión hace a la fuerza” y otras palabras motivadoras que ahora poco recuerdo.
Llegamos a Liniers, y fuertes de alma entramos al andén. Vimos a la muchedumbre impaciente por entrar. Eran cientos, con sus caras diabólicas y sus ojos inyectados en sangre.
Estaban listos para el scrum medieval.
Paró el tren y se escuchó el último grito de guerra: “¡Vamos compañeros que podemos!”, entonces se abrió la puerta. Eran ordas humanas pujando por entrar desesperadamente... pero no pudieron, nuestro ejército estaba motivado que empujó todo lo que más pudo. Hombres, mujeres jóvenes y más grandes, algún adolescente. Una docena convertida en “humanos presionadores de humanos” logramos vencer, logramos salir. Recién ahí el ejército de Liniers logró subir.
Nos sentimos cómplices y nos miramos. Estábamos completamente ajados pero identificados con el color del ejército del vagón. Nos despedimos con ojos cansados.

Allá se fue el tren, tarde, retrasado, lleno de masas humanas que estarán conformando nuevos ejércitos para enfrentarse al ejército de Morón.

Pero ahí, en Liniers, no habíamos solamente bajado, habíamos conquistamos Troya.

A propósito de las SAD

Estos últimos días, los clubes son parte de la disputa ideológica que tiñe esta previa de ballotage presidencial. Frente a la reaparición de...